Encierro y Rechazo

Cuentan que hace mucho tiempo en un pueblo lejano, vivieron Encierro y Rechazo. Ambos habían nacido en la misma fecha y casi al mismo tiempo.

Aunque habían crecido en el mismo lugar, no eran muy amigos, se podría decir que eran simples conocidos.

A Encierro le habían puesto ese nombre porque a su mamá le había llamado la atención lo que quería decir: «ponerlo bajo llave para que no pueda salir»; y le pareció adecuado para su primer y único hijo, mientras que a Rechazo, su nombre había sido elegido por sus dos significados: «recazar e insistir en adueñarse». A nadie le pareció entonces, sin embargo, lo opuesto de sus nombres los harían muy conocidos tiempo después.

A Encierro su mamá lo cuidaba demasiado, y cuando digo cuidar demasiado no falto a la verdad. Si ella tenía frío, corría a ponerle suéter a su hijo. Si tenía calor, iba hasta donde estaba para refrescarlo con un vaso de limonada con hielo. Si oía que respiraba un poco más rápido por un mal sueño, ella pasaba la noche en vela vigilando que no fuera a pasarle nada malo. En la escuela, lo acompañó hasta la universidad, y pudo seguirlo haciendo sino es porque Encierro ya no quiso seguir estudiando; y ella estuvo de acuerdo, porque así iba a «estar más seguro en casa».

Y ahí también estaba el contraste: Rechazo era más que un fantasma en su propia casa. Siempre llegaba dando un portazo pero nadie le reclamaba nada. Se portaba irrespetuoso con los maestros a propósito para que lo riñeran y lo llevaran a la Dirección; pero los profesores pasaban de él, casi como que no existiera. Ni se diga a la hora de elegir compañeros para el equipo de basquet de la secundaria, por más que alzaba la mano, Rechazo siempre se quedaba sin equipo y no le quedaba más remedio que quedarse en la banca a ver jugar a sus compañeros.

Encierro aprendió muy bien a saber que el mundo era peligroso y que era mejor quedarse a jugar videojuegos; o a armar rompecabezas en la mesa del comedor. Su mamá le acercaba todo lo que necesitaba y se sentía tranquila cuando lo tenía ahí cerquita a ella. Una y otra vez le hacía ver que afuera existían rateros, violadores, secuestradores; malas personas, y que lo mejor era que ella le ayudara con lo que él necesitaba, que para eso tenía madre.

Al principio, Encierro era muy feliz, sin embargo, cuando fue creciendo, le fueron llamando la atención las chicas y quería invitarlas a salir o conocerlas más, pero ahí estaba mamá en forma de pensamiento que le decía que no se fuera a arriesgar, que era peligroso y comenzó a convencerse de que no estaban tan bonitas, que eran mentirosas o personas en las que no se podía confiar, y poco a poco se fue alejando de ellas hasta el punto que nunca tuvo novia y siempre iba a las fiestas acompañado de su señora madre…, eso cuando salía, porque era bien poco conocido en el pueblo.

Por otro lado, Rechazo buscaba de una y mil formas que los demás en algún momento pusieran su vista en él e hizo de todo: desde lo más tonto hasta lo inverosímil para lograrlo, pero fue contundente el resultado: nadie lo notó, y aquél que pudo de forma distraída hacerlo, sólo fue para mirarle con ojos desaprobatorios o indiferentes. Rechazo se empezó a sentir incómodo con esta situación y algo dentro de él comenzó a ser como una pastilla de Alka Seltzer, poco a poco una burbuja de enojo fue subiendo hasta que su personalidad se transformó y de pasar a ser un chico con aparente tranquilidad, se volvió iracundo y violento, mostrando a diestra y siniestra gritos y golpes; hasta destruir todo lo que se ponía a su alcance. La gente le temía y se escabuía cada vez que lo veía venir.

Un día Rechazo estaba tan obnibulado con su enojo, que no tuvo reparos y destruyó la casa en la que había crecido, la tiró a puro golpe. Su mamá quedó tan asustada que no le quedó más remedio que irse a otra ciudad y no se volvió a saber más de ella. Cuentan que desde entonces, Rechazo se dedicó a destruir familias, casas, personas. Era al mismo tiempo temido y odiado, y nadie nunca supo a ciencia cierta la historia que lo llevó a ser como era. Con el tiempo, Rechazo acabó con la función de su hígado, riñón y corazón; pues siempre estaba puesto para los gritos y los golpes y no hubo cuerpo que resistiera.

En el caso de Encierro, al fallecer su mamá, se quedó solo y como no confiaba en nadie, le daba miedo salir y hacer la compra; por lo que se vio en la necesidad de comer una sola vez al día; y después solo una vez a la semana, hasta que llegó lo inevitable

Mucho tiempo después pasó algo en el mundo al que llamaron Pandemia, lo que obligó a los seres humanos a meterse a su casa y muchos de ellos, a permanecer solos en el lugar donde se encontraban… No se dieron cuenta, pero de a poco, se fueron notando las presencias de personas parecidas a Encierro y Rechazo… Los fueron descubriendo en Australia, Brasil e Italia. También en México y Canadá; así como en Cuba y en Islandia.

Los nuevos Encierros y Rechazos desconfiaban del mundo, porque también les habían enseñado a hacerlo. Los Rechazos tanto habían necesitado que los de afuera los vieran, que el día que se tuvieron que quedar solos en casa, se volvían locos. Otros explotaron en ira porque se sentían tan dañados desde su infancia que la pandemia sólo vino a ponerles ese espejo otra vez, ya que con la cotidianidad, sus miedos se escondían.

Tantos Encierros y Rechazos crearon otra crisis, pero no sanitaria, sino emocional, pues tuvieron que revivir lo que ya traían en su memoria personal… Algunos buscaron ayuda porque querían encontrar lo que tanto tiempo habían necesitado y les había hecho falta, otros empezaron a hacerse a sí mismos lo que les habían hecho o dejaron que más Encierros y Rechazos vinieran al mundo.

Cuenta la historia que los Encierros y Rechazos no se terminarán jamás porque, de formas visibles o invisibles, los que los crean siguen actuando y lo hacen para que no haya seres humanos auténticos; pues éstos potenciarían la posibilidad de limpiar historias, actualizar creencias limitantes y construir individuos que no continúen con ese mismo camino.

Ojalá que este tiempo pueda darnos a todos un final distinto a Encierro y Rechazo.

Necesito un abrazo

En estos tiempos de desasosiego, la soledad está haciendo mella de muchas personas. ¿Saben qué es lo malo? Que ni aún así, se atreven a pedir lo que necesitan… Están completamente impedidos y no los podemos culpar.

¿Cómo alguien puede pedir un abrazo si nunca lo ha recibido? ¿Cómo una persona puede expresar su deseo de escuchar que alguien le diga que todo estará bien si está «entrenado» para esperar lo peor de los otros? Difícilmente los seres humanos podrán pedir algo que no fue cercano a ellos, y mucho menos, podérselo dar a sí mismos.

Hace tiempo en una plática sobre el efecto de las emociones y las enfermedades, pedí a los asistentes que me respondieran si les gustaban los abrazos y todos respondieron afirmativamente e hice un ejercicio con ellos solicitándoles que me dijeran de quien les gustaba recibir abrazos: papás, hijos, pareja, amigos; fueron las respuestas. Y entonces, les pedí cerrar los ojos y abrazarse. Durante un minuto permanecieron en esa posición. Yo veía sus rostros y percibí cuán difícil estaba siendo la dinámica. Al abrir sus ojos les pregunté cómo se habían sentido y algunas palabras que sonaron, fueron: «me sentí ridículo», «no me la creí», «ya quería que acabará el ejercicio», «no sentí nada»… ¡Vaya respuestas! Pero es así: aprendemos tan bien a no darnos lo que no nos dieron, o dárselo a todos, menos a nosotros mismos. Qué injusto, ¿no creen?

La vida es un asunto serio y muchas veces, harto difícil. Hay momentos en los que nos hace falta cobijarnos en el pecho de alguien y reposar en esa tranquilidad algunos minutos. Saber que ese instante se hace eterno y nos recuperamos para volver a salir al mundo. Todos provenimos de un segundo de amor, y es vital seguirlo sintiendo conforme pasan los años.

Un abrazo marca a la persona para saberse respaldada y sentida. Incluso, es tal el efecto que hasta el cuerpo lo resiente. Vean sino:

Incrementan la liberación de «hormonas felices», proclives a limitar la formación de enfermedades crónico degenerativas.

Reducen el estrés.

Reducen la ansiedad.

Disminuyen la presión arterial.

Alivian el dolor menstrual.

Calman los dolores de cabeza.

Y ante un panorama en el que la soledad nos está acompañando, cabe preguntarse si es necesario, o quizá obligatorio, que esté otra persona conmigo para poder generar todo lo que dice líneas arriba… La verdad es que no. No es requisito fundamental porque no podemos quedarnos sentados esperando que alguien nos proporcione la calidez ni la sensación de tranquilidad. Eso sólo potenciará nuestro stress y nuestra frustración… Entonces, por Dios, ¡date un abrazo! Aprendamos a manifestarnos de manera individual ese cariño, afecto, solidaridad, seguridad a través de tocarnos, de rodear con nuestros brazos a esa persona tan falta de amor, atención y confianza… Puede ser complicado al principio, pero nadie nace experto y mucho menos en el acto más importante de amor, que es el amor a sí mismo. Y no, no es egoísta pensar en darte amor a ti mismo, porque tienes una vida que -al igual que la de otros- también necesita ser colocada en un alto nivel de importancia. Al igual que otros, también requiere sentir que alguien lo acompaña en sus momentos difíciles. Y si allá afuera no hay quien colabore con esta tarea, ¿para qué estás tú contigo mismo?

Si fuiste afortunado y en tu casa hubo demostraciones de afecto sincero a través de un abrazo, continúalo y enséñale a tus cercanos este magnífico aprendizaje. Si fuiste de aquellos que no saben lo qué es, tómalo como un reto personal y aprende a acercarte a ti con suavidad, con un toque ligero, para poco a poco, ir abrazándote con más fuerza.

Dejemos de pensar que sólo el otro puede producir en nosotros el efecto salvador de un abrazo. Quien abre sus brazos hacia sí mismo, provoca un efecto de autocuidado, de autoprotección, de autoseguridad… Y pregunto: ¿No es precisamente lo que necesitamos ahora?

<p value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80">Empieza por un <strong>abrazo</strong> a la semana. Y como una dieta contradictoria, entre más te proporciones ese contacto contigo, iniciarás el camino del <strong>buen trato</strong> y la buena compañía, estandartes ambos de la <strong>autoestima</strong>.Empieza por un abrazo a la semana. Y como una dieta contradictoria, entre más te proporciones ese contacto contigo, iniciarás el camino del buen trato y la buena compañía, estandartes ambos de la autoestima.

*En la terapia psicológica, una tarea fundamental es aprender a conocer las necesidades de afecto que más hayan hecho mella en la persona… Por las vivencias y por los aprendizajes, los pacientes aprenden a diferenciar que el daño ocasionado por alguien más, no se tiene que seguir replicando continuamente. Aprenden a verse desde otro lugar para comenzar un distinto comportamiento con ellos mismos, y los abrazos a sí mismos, son una pauta de la que se van desprendiendo otras, que ayudarán a que sus recursos personales sean sólidos para enfrentar cualquier situación en su vida.

Tiempo atrás

No es sólo ficción. El tiempo puede cambiar de un momento a otro.

Emocionalmente, una persona puede estar reviviendo continuamente un suceso acontecido años atrás, tal como si le estuviera pasando por primera vez. El impacto producido tiene tal efecto, que sino fue resuelto en esa primera ocasión, estará resonando en su vida por muchos años.

Las personas suelen no recordar aquéllos sucesos en donde el miedo, la tristeza, el enojo o la angustia; hayan estado presentes. En su mente se fijan más los eventos en los que haya abundado la alegría. Esto es, en más de una ocasión, la forma en la cual nuestro cerebro ayuda a la memoria, a protegerse del dolor, de la tristeza y hasta del terror vivido.

Lo complicado viene cuando, al llegar a la vida adulta, algo se presenta para hacernos sentir (nuevamente) esas mismas emociones. Puede ser una pelea con la pareja; un despido del trabajo, una enfermedad, una discusión con nuestros padres o la relación que llevemos con algún jefe o compañero de trabajo. Y esa situación «despierta» lo que ya aconteció en algún momento.

Quizá no lo asociemos porque nos hemos dispuesto a dejar ese recuerdo en el olvido. Pero dentro de ese recuerdo viven aún aquellos niños solos, abandonados, no amados o no reconocidos. Quizá que estén sufriendo porque no ocupan un lugar importante, o porque están pasando por experiencias dolorosas o traumáticas. Ellos habitan en los adultos que son ahora y mientras sus necesidades emocionales no sean atendidas; depositarán en otras personas lo que les fue negado por sus padres, llevando esta representación a las personas con las que se vinculen.

Un ejemplo lo podemos explicar a través de lo siguiente:

Si un niño no fue amado y considerado por sus padres, o fue llenado de regalos y objetos, pero no contó con la presencia emocional de ambos; esta necesidad no cubierta la va a seguir buscando en la persona con la que establezca una relación amorosa. A él o ella le va a «exigir» que le dé ese cariño o esa atención, lo cual generará pleitos y peleas, porque no es a la pareja la que podrá satisfacerla, y aunque suene contradictorio, tampoco esos padres. ¿Por qué? Porque ellos dieron lo que pudieron, y muchas veces, fue poco. Como me han enseñado: «ese padre o madre sino dio, no da y no dará». ¿Cruel? ¿Doloroso? Sin duda, pero es mil veces mejor trabajar por aceptarlo; para- y ahí viene el trabajo personal- construirse un papá y una mamá que sí satisfagan dichas necesidades. Que sí provean de todo aquello que hizo falta: respeto, seguridad, confianza, amor, etc.

Los padres que vivenciamos están dentro de nuestros pensamientos, emociones, conductas y actitudes. Se formaron por lo que vivimos con los padres reales. Quizá a ti nunca te pegaron tus papás pero también sentiste miedo como tu hermano al que sí golpearon porque fuiste testigo de esa violencia. Cada vez que escuchabas que lo regañaban por no hacer bien la tarea, sabías que vendrían los golpes; por lo que «te preparaste» para evitar esos golpes al apurarte mucho con tus trabajos escolares. Quizá hasta subiste de calificaciones… Ahora que eres un adulto y un jefe te deja una tarea, te apuras con el mismo miedo, no «vaya a ser que venga papá y te pegue», podría ser la frase que te recuerda ese suceso…

Nunca es tarde para ayudar a esos pequeños con miedo o tristes. Es muy importante darles un lugar y escucharles. Entender que sus necesidades no son las nuestras, pues ellos siguen en ese lugar y en esa época. Se han detenido ahí porque no pierden la esperanza que alguien llegue a rescatarlos. De ahí que tú seas esa persona a la que le toque la responsabilidad de cuidar y de amar a ese pequeño que llevas dentro de ti.

Recuerda, los fantasmas sí existen: se llaman asuntos no resueltos con tu vida. Así que no te asustes, mejor hazles un lugarcito y déjales que te cuenten lo que necesitan.

La ansiedad llama a tu puerta

El Coronavirus tiene en jaque al mundo entero.

Desde incredulidad hasta preocupación, y en algunos casos, pánico; nos viene a mostrar lo vulnerables que somos ante sucesos para los que no nos hemos preparado y que, a veces necesitan esta dimensión para ayudarnos a reconocer las habilidades, las características y los recursos personales que no usamos  o no los conocemos, y a los que hay que empezar a tomar en cuenta para salir avantes, no sólo de esta encrucijada, sino de otras más con las que conviviremos a lo largo de nuestra vida.

Desde mi perspectiva, es hora de conectarse con algo que no hemos hecho y necesitamos hacer desde hace tiempo: concluir, resolver, hacer, definir, avanzar, retroceder, observar, finiquitar, iniciar… Esta crisis, cuya etimología quiere decir «separar» o «decidir», es tomada de forma pesimista más que como algo catastrófico (cuyo origen es voltear hacia abajo) o apocalíptico (del griego, revelación) y ahí está la relevancia del origen de sus nombres:  necesitamos voltear hacia abajo, hacia nuestra autenticidad y naturalidad, la cual se encuentra en la tierra y que nos revela que hay que modificar el rumbo por el cual vamos, es decir, se nos revele el camino a tomar.

Sin embargo, esta explicación a muchos les valdrá un pepinillo porque les empieza a pasar la factura el encierro y la detención de actividades diarias. Algunos pasan por pensamientos obsesivos, ansiedad y molestias físicos; y otros, sienten que están más sensibles, más cansados, comiendo todo el día o con ganas de dormir a todas horas…

Lo anterior, sin ánimo de parecer desconsiderada, es una consecuencia de algo que nunca o casi nunca hemos hecho: estar con nosotros mismos. Y el Coronavirus lo sabe. Tanto que la palabra contagio quiere decir: contacto... ¿Con quién? Sin duda: contigo.

Existen personas que a lo que más le temen es a estar solos, porque ni siquiera nos damos cuenta que no contamos ni con nosotros mismos para acompañarnos. Esto puede explicar por qué la sensación de vacío que nos trajo de golpe este virus.

Antes de entender el mensaje de esta situación, les escribiré sobre qué poder hacer con los síntomas antes mencionados.

Ansiedad: sudor frío, taquicardia, dolor de cabeza, mareo, sensación de vomitar o incluso hacerlo, músculos rígidos, hormigueo, entre otros.

Angustia: sensación de asfixia, miedo a morir, a perder el control o a volverse loco, sofoco, dolor en el pecho, diarrea, sensación de inestabilidad.

En ocasiones solemos hablar de ansiedad y angustia como si fueran la misma cosa, y sí, la diferencia no es notable. Ambas palabras tienen un origen común, que se refiere a estrecho o breve; por esto es que lo importante es lo que se siente y no si se trata de una u otra.

Además, podemos agregar que los pensamientos obsesivos o recurrentes son otro elemento que las potencia o las hace más intensas, pues no podemos separar lo que pensamos con lo que sentimos y, por consecuencia, con lo que hacemos. Pongo un ejemplo:

Pensamiento: «¡se va a acabar el mundo!»

Emoción:  miedo

Conducta: Hacer la limpieza de mi casa de forma maníaca, o comer de más sin «darme cuenta», gritar por todo o gastarme toda la quincena en dos días.

No sigue un orden específico, es decir, puedo sentir algo, luego pensar algo y actuar dependiendo de ello. O hacer algo que me lleve a un pensamiento o idea y de ahí a una emoción.

Cuando estos pensamientos y emociones no salen, quiero decir, no se expresan de forma directa, clara y contundente; pueden hacernos pasar un muy mal rato, ya que están hechos para eso: para poderlos decir sin cortapisas. Pero…, ¡maldito pero!, nuestra educación, contexto, entorno, sistema familiar y personalidad; nos lo tienen impedido. Y no de ahora, desde hace mucho tiempo. Por eso no nos enojamos, lo que hacemos es explotar, o por eso nos reímos cuando algo nos da miedo; tal como si fuera malo expresar lo que sentimos.

Bien, pues ahí vamos.

Cuando sientas que a tu cuerpo viene el sudor frío, las ganas de vomitar, los pensamientos recurrentes u obsesivos; hazle caso a todo eso. Te voy a decir algo: Si se trata de angustia o ansiedad, lo más que puede pasarte físicamente hablando es perder la conciencia unos segundos, sin embargo, lo que lo hace incontrolable es, precisamente, querer mantener el control. Y aquí entra este virus. Nos hace perder el control de nuestra vida y nos mantiene a raya para, forzosamente, estar con nosotros mismos y con aquellas personas, que podemos amar pero que, al no estar las 24 horas juntos, pueden despertarnos emociones que están ahí pero que, con la cotidianidad, no nos damos cuenta; o que dejamos de ver porque involucra resolver y no, ahora no, mejor después. Ahí está un punto de esta llamada crisis.

Por otro lado, la ansiedad es un llamado del cuerpo para que le hagamos caso a su mensaje, nos está diciendo: «oye, préstame un poco de atención, veme y escúchame»,  pero nosotros hemos pasado de largo, y situaciones como  las que actualmente vivimos, nos lo ponen enfrente.

¿Qué ayuda entonces?

Antes de que venga la ansiedad, pregúntate:

¿Qué estoy haciendo de más en mi vida?

¿Qué estoy haciendo de menos en mi vida?

¿Qué estoy volviendo a hacer que viene esta ansiedad a decírmelo?

¿Qué quisiera hacer distinto pero no me lo permito?

¿Qué quiero seguir ganando con tal de no perder?

 

Esto DEBE ser antes de los síntomas físicos, porque cuando éstos se presentan, lo más sano es dejarlos sentir. Como si tuvieras un muy buen amigo borracho al que quieres mucho pero que te jode en la madrugada para que le hagas un paro. No lo rechaces porque se va a poner loco y va a despertar a todo el vecindario. Entonces, ábrele la puerta y escúchalo un rato, préstale atención. Sólo va a estar un rato y se va a ir para dejarte en paz porque alguien ya le hizo un poco de caso. Sólo que el buen amigo no es otro más que tú que no te haces caso por andar allá afuera viendo quién te quiere y quién te da lo que tú no te has dado… ¡Zaz!

Una alternativa es llamar a tu ansiedad en una hora específica del día… ¡No te rías! No es broma, es una técnica sumamente exitosa porque va a lo que la mente no espera. Es decir, la ansiedad no va a ti, sino que tú vas a ella.

¿Cómo?

Elige una hora del día, sobre todo, para aquéllos que están en su casa sin salir a trabajar. Una hora que no puede cambiar por nada del mundo. ¿Ya la elegiste? Ok, entonces cierra tu ojos y pon en tu cabeza esas sensaciones que trae consigo la ansiedad. Trata durante ese tiempo de sentir la ansiedad, oblígala a venir a ti para que no te ande correteando cuando se le pegue la gana.

Una alternativa más, tanto para la ansiedad como para los pensamientos recurrentes u obsesivos: escríbelos en un cuaderno. Tal como vengan a tu cabeza. Sin cortapisas. Nadie más que tú los va a leer.

¿De qué se trata esto?

De hacerlos salir de nuestra cabeza que es donde hacen la jugarreta principal para luego pasar al cuerpo en forma de ansiedad. La relación mente-mano- escritura, permiten una conexión que genera una sensación de salida, posibilitando con ello una analogía como la de una olla express cuando la válvula permite que el vapor salga para que la tapa no estalle. Es más o menos así como funciona la escritura de los pensamientos.

Finalmente, dormir mucho, estar más cansado que de costumbre o comer de más, es una respuesta corporal ante lo que la mente lee como amenaza. Entonces hay que guardar reservas para lo que venga. Ese es más o menos el mensaje que se asoma.

En ese sentido, lo que estás haciendo es llenarte de comida y no de amor, o te estás tapando la boca para no decir lo que piensas. Por ello es que, si quieres comer menos, empieza a decir más, a abrazarte más, a darte un lugar en tu vida, a escucharte más, a ver más por ti y menos por los demás (recuerda que nadie da lo que no se da). Y haz ejercicio…¡ Que estoy en mi casa!, ajá, ya lo sé, pero no hay pretextos. Lo mismo aplica para el dormir mucho o estar cansado…

Imagina por un momento que el que está cansado es un pequeño o una pequeña. ¿Qué harías? ¿Le regañarías, lo correrías, le pegarías? A lo mejor lo que necesita es un poco de atención, de ternura y apoyo, ¿no?

Ante todo este tema, se vale tener temor pero lo que no se vale es no reconocerlo. Hacerte el o la fuerte lo único que ocasionará es que tu parte débil o vulnerable se presenten de formas sorpresivas, perversas o exageradas.

Lo que está sucediendo en lo macro, sucede en lo micro. Con el virus COVID 19 se ve el caos, la desorganización, el descontrol, porque eso mismo pasa en nuestro mundo, que somos nosotros mismos. Así que recuerda que ninguna respuesta corporal o mental son malas per se. Vienen con un gran mensaje para ti. Ojalá te des la oportunidad de saber cuál es. Y por supuesto, esto no es magia, cuidarte y protegerte sin paranoia de por medio, contribuirá a que lo sigas haciendo aún después de esta contigencia sanitaria, no sólo lávandote las manos y estornudando con el codo hacia  arriba, sino emocionalmente.

Ante cualquier situación con la que sientas no poder, recuerda que hay ayuda profesional en línea para que no tengas que salir de casa y también servicios gratuitos como Locatel.

Recuerda que esto también pasará.♣

Sino creo en mí…

«No vas a poder»

«No lo vas a lograr»

«¿Quién te dijo que será para ti?»

«Es demasiado para ti. No lo conseguirás.»

«¡Uy, esa persona nunca te va a hacer caso!»

¿Se te hacen conocidas estas frases?… ¿Han resonado en algún momento en tu cabeza?

Las personas actuamos de acuerdo a lo que realmente creemos, sobre todo, a lo que creemos de nosotros mismos. Podemos ir por la vida «presumiendo» de autosuficiencia, de seguridad, de valentía y fuerza; sin embargo, si todas estas características no están basadas en la autenticidad y la honestidad, es difícil que se sostengan.

Cuando somos niños, escuchamos y vemos hasta lo que no nos dicen los adultos a nuestro alrededor. Para eso son los sentidos. Alguien puede venir y decirnos: «¡qué inteligente eres!, y sentir que nos están mintiendo. Todas esas sensaciones, emociones, conductas, comportamientos y palabras; van detrás nuestro a lo largo de nuestra vida y es así cómo será nuestra forma de actuar cuando seamos adultos.

Si lo que nos «trajimos» fueron frases lapidarias como las que encabezan este texto, se meterán tan dentro, que de forma automática producirán conductas en detrimento de nuestra persona. Es decir, estos pensamientos se vuelven dogmas que nos hacen lograr o no lo que deseamos.

Por ejemplo, si te la pasabas estudie y estudie; y lo que recibías era: «¿Para qué tanto te esfuerzas? ¡De todos modos eres un burro!», dicha frase- si no es actualizada- rondará posiblemente a lo largo de tu vida adulta haciendo que hagas lo que hagas, no logres sobresalir o alcanzar un mejor puesto, o estabilidad laboral; o que no seas considerado para otras funciones, entre otras. Es decir, la «fuerza» de dichos dogmas arrastrará todo lo que esté a su paso si no ponemos un alto para modificarlas y colocar en su lugar, a otras que ahora sí nos sirvan para alcanzar una meta, para concluir una tarea o para iniciar un nuevo proyecto.

Todo ello recae en que nuestra autoestima, seguridad y confianza; se verán mermadas, supeditadas a lo que los dogmas les indiquen y éstas no podrán luchar contra aquello que nos viene de mucho tiempo atrás, incluso, que ni siquiera nos fue dicho a nosotros o no nos correspondería, sino que, muchas veces, llegamos a ser representantes de aquellos con los que nuestros padres o las personas que fungieron como tal, tengan asuntos aún por resolver.

¿Cómo modificamos esto? Haciendo una lista de todas aquellas frases- verbalizadas o no- que creamos que nos enseñaron, nos transmitieron o que determinan aún nuestra vida. Ponlas así como lleguen a tu mente y coloca una P si se la atribuyes a tu lado paterno y una M si consideras que viene del lado materno.

Una vez hecho esto, di cada frase en voz alta y deja que resuene en tu interior. ¿Qué se siente? ¿Aún aplica hoy en día en tu vida? ¿Para qué te ha servido? ¿Cómo la modificarías para sentirte mejor contigo mismo? Por ejemplo: si la frase original es: «No eres suficiente para que un hombre se case contigo», no te sirve. Si la cambias por: «Soy suficiente para mí y eso es lo más importante. Si un hombre ve lo mismo que yo veo en mí, quizá suceda algo entre él y yo. Sino, yo sigo mi vida»… Es decir, que transformes el sentido de la frase, que acomodes y muevas palabras para que la intención sea diferente al que ha «servido» por mucho tiempo. No necesitas que te sigan ofendiendo o lastimando, ya de esto haz tenido suficiente. Ahora se trata de que que haya frases distintas en tu día a día. Todas aquéllas que te hagan sentir y actuar en beneficio de ti mismo.

Creer en uno es una decisión, no un permiso que alguien puede darnos. Cambia el rumbo. Está en tus manos…, o en las de algún profesional que te ayude a ver tus propios recursos, aquéllos con los que un día construyas tu autoestima y tu seguridad; y así empieces a vivir las consecuencias de, ahora sí, creer en ti.

 

El sentido de la Navidad

Llega el periodo del año en el que unos corren hacia ella y otros, ponen pies en polvorosa: La Navidad.

No todas las personas sentimos época como un sinónimo de felicidad. Se agolpan en nuestro interior sensaciones de tristeza, desasosiego, melancolía, angustia y desesperanza… ¡Y no estamos como para festejar algo!

Nos han educado para convivir y responder a etiquetas sociales que, en muchas de las ocasiones, nos imponen una imagen tal como si fuera un uniforme que debemos portar con tal de ser aceptados, llevándonos entre las patas nuestras verdaderas emociones y pensamientos. «Los que importan son los otros», parece que escuchamos una y otra vez. Y entonces, hay que convivir, comprar, adornar, adquirir, sonreír, felicitar, abrazar…, y lo que en realidad deseamos es estar solos en casa, acostarse en la cama, envolverse en una cobija y dormir. O no contestar el teléfono ni aceptar ninguna reunión porque, al final del año, lo que queremos es estar con nosotros mismos…

Quizá de manera inconsciente, buscamos un tiempo fuera. Un espacio donde estar solamente con nosotros mismos. Muchos no lo saben, pero el año que viene puede generar en la gente angustia y miedo y, en muchas ocasiones, se busca un refugio en el que encerrarse por  unos días para sentir vívidamente esas emociones que ante tanta lucecita y esfera, no es posible expresar.

Como todo lo que hacemos en la vida, si se lleva al extremo, puede ocasionarnos alguna problemática. Es decir, que si este encierro lo hacemos ante cualquier situación complicada en nuestra vida, sin cambiar el rumbo o hacer algo diferente, la herramienta de «estar con uno mismo», ya no funciona, pues entonces se convierte en una evasión o escape permanente. Es similar a la hibernación de los osos: la realizan para guardar la energía en su cuerpo debido a la falta de alimento por el invierno, sin embargo, pasando éste, la actividad vuelve y ellos se revitalizan pues se guardaron por un tiempo…

Sería importante que las personas nos diéramos chance de un tiempo fuera para reconectarnos, para reestructurar, recapacitar; analizar nuestra situación personal y posibilitar nuevos escenarios de acción. Recuperar energías y hacer un balance de lo hecho, de lo que hace falta por hacer; así como de agradecerse y reconfortarse.

Rechazar lo que sentimos y tomar una actitud grinch, hará que las verdaderas emociones salgan de forma exagerada, perversa o explosiva. En su lugar, puedo considerar darme un par de días sólo para sentir lo que en realidad siento, dándome esa oportunidad y hacer lo posible para que los demás lo respeten.

Sugiero estos puntos:

  1. Si sólo tienes los días feriados de ley, te propongo hacer una lista de canciones que te hagan sentir reconfortado, tranquilo, a gusto contigo; y las descargues en tu celular para que, de regreso del trabajo o al final de tu jornada diaria, puedas escucharla mientras piensas en todo este año: qué ha traído, que has aprendido, qué dejaste de hacer y de qué te darías las gracias… ¿Con el tiempo limitado?… ¿Por qué no pruebas en el transporte público o mientras te bañas?
  2. Si tienes vacaciones, toma uno o dos días para ti. No necesitas las 24 horas. Sólo un par de horas cada día. Toma un cuaderno y escribe lo que venga a ti con respecto a este año. Haz un ejercicio de reflexión en el que pienses qué le dirías a un buen amigo si te preguntara tu opinión sobre el año que comienza su recta final. ¿Qué esperas? ¿Qué dejaste pasar? ¿Qué hubo más: experiencias negativas o positivas?
  3. Intenta manifestar, por ejemplo, a través de una carta dirigida a la familia con la que vivas, cuál es tu situación emocional actual y que necesitas tomarte un tiempo contigo mismo. Diles que es muy importante que te lo concedan para que vuelvas a ser esa persona que ellos conocen. Que te den chance un rato.
  4. ¡Haz maletas y vete! Y no es necesario que te muevas físicamente. No importa que te quedes en tu casa. Viaja a través de la mente y la imaginación. Recuerda que lo importante es sentir que te das ese espacio para estar contigo a pesar de que el resto del mundo se encuentre poniendo el arbolito de Navidad o preparando el ponche.
  5. Recuerda que la Navidad marca el comienzo de las 12 noches más largas del año, hasta el 6 de enero, fecha en la que la luz, el sol, renace para recordarnos que la oscuridad no permanece para siempre. Sino que, invariablemente, termina para dar origen a un nuevo año de crecimiento y renovación de la naturaleza. (https://www.gabinetedepsicologia-mm.com/2015/12/23/el-verdadero-significado-de-la-navidad/)

Así que date un espacio para un nuevo renacimiento aunque los demás te «exijan» cumplir con los intercambios, los brindis y romper la piñata. Regálate un tiempo para ti y deja de odiar la Navidad. Entiende que no todos desean lo mismo que tú.

Por cierto: ¡Feliz Na..cimiento! 

La importancia de enfermarse

Hasta hace tiempo… Miento: en diciembre del año pasado, me enfermé de una gripa lo bastante fuerte como para ir con dos doctores de los llamados «similares» y terminar con un vecino, doctor de los que conocemos como «los de antes». En fin, tres semanas después y una buena lana gastada en medicamentos; mi cuerpo comenzó a despertar y a reclamarme porque me tardé para entender lo que venía diciendo con antelación.

¿A qué me refiero?

Las personas somos entes químicos, además de sociales y espirituales. Somos energía y masa, y habitamos un espacio. Todo se mueve, al mismo tiempo, cuando vivimos alguna situación de alerta, de miedo, de enojo, de tristeza o alegría. No podemos separar nuestro cuerpo de nuestra mente ni tampoco limitar lo que nos dicen con nuestras acciones, pensamientos y emociones.

A veces tenemos la idea de poderlo controlar todo o decimos-bastante seguido, por cierto- «no pasa nada», «sino le hago caso, no me duele»…, ante cualquier molestia o cambio corporal que notamos…. Decía una ginecóloga: «aquí las mujeres vienen porque se ve mal, huele mal o duele». Y más o menos así funcionamos las personas.

Es así que nuestro cuerpo reacciona, avisa, se pone como defensa, manifiesta, se impone; ante circunstancias emocionales que no hemos podido entender y que muy sabiamente, las traslada a algún órgano o parte de él para que revisemos qué sucede en nuestra vida, no sólo de hoy sino de muchos años atrás, incluso de generaciones pasadas.

En una búsqueda por internet, encontré al menos 10 sitios con información sobre «emociones y enfermedad», lo cual puede suponer la importancia que cada vez más tiene el vínculo entre lo que nos sucede o nos pasó en algún momento de la vida, y sus manifestaciones en el cuerpo a través de enfermedades o dolencias que suceden con frecuencia, tanta que ya hasta sabemos «cuándo nos vamos a enfermar».

Lo que nos falta hacer aún es trabajar aún más sobre los mensajes personalizados que nos envían las enfermedades, dolencias, síntomas, accidentes.., porque cada uno es un ser individual y no siempre- como dicen algunos sitios- la garganta nos duele por no decir o la espalda nos molesta porque andamos cargados de un peso extra. Lo que nos quieren decir se debe entender como algo que nos hace falta, o estamos haciendo de más; que nos lastima y no lo hemos conseguido solucionar, lo que nos hicieron y ni siquiera lo tenemos identificado…, infinidad de mensajes que se cifran a través de la sintomatología y por lo que se debe revisar cada caso de forma personal, sin recetas de cocina.

¿Por qué es importante?

Porque estamos inundados de medicamentos que «matan» el mensaje sin siquiera poderlo ver o escuchar, por ello se presentan continuas manifestaciones, a veces con más poder, que nos impiden alcanzar una buena vida en todos sentidos.

Si bien yo no recomiendo dejar de ir al doctor o cancelar los tratamientos alópatas, homeópatas o naturistas; mi rama es revisar las dinámicas familiares, el contexto, la historia de cada persona, para ayudarlas a identificar qué es lo que nos está «diciendo» ese salpullido, esa tos, esa cortadura, esa fractura que no se compone, esa colitis, gastritis, migraña y así una infinidad de elementos que toma el cuerpo para decirnos: «veme…, escúchame…, óyeme…»

Ojalá que más psicólogos profundicemos de manera seria este tema y nos ayudemos, primero a nosotros mismos, y luego a nuestros pacientes a descifrar estos mensajes que potencien la salud de más personas, sin tener que usar más calmantes, desinflamantes, descongestionantes, antibióticos, relajantes musculares, etc.

El próximo 27 de octubre a las 10 de la mañana, ofreceré una charla sobre la relación entre dinámicas familiares, emociones y enfermedades. Se realizará en el Laberinto Cultural SantaMA, ubicado en Jaime Torres Bodet 259, Col. Santa María la Ribera, Ciudad de México. Si deseas acompañarnos, confirma al 55 1016 8262. Por cierto, ¡es  gratis!

…Por último: los mensajes que mi gripa decembrina me dejó, fueron:

  1. No quería ver que un ciclo se terminaba porque me daba miedo aceptar lo que vendría.
  2. Era la manera en que yo estaba en contacto conmigo, y lo que me situaba de nuevo en una infancia en la cual mi madre me cuidaba… Lo que decía mi cuerpo era: «ya te puedes cuidar a ti misma y te puedes dar el descanso que necesitas…»
  3. No quería estar en un lugar y esa fue mi manera de decir: «no quiero ir».

Abramos los sentidos para que más entendimiento, comprensión, responsabilidad, autonomía, límites, capacidad, acción y compromiso; entren en el cuerpo antes que más medicina lo haga y calle lo que nos quiere decir.