Hace unos días, mi madre cumplió 18 años de haber muerto.
A veces, la fecha se me va entre haceres y actividades, otras, me empuja a recordarla con fuerza, y en esta ocasión, tuvo que venir para que la tristeza me habitara.
La tristeza es una emoción de la que muchos escapamos porque, a lo largo de nuestra vida, hemos representado el papel de fuertes, o no nos quedó de otra, y ésta nos rompería de tal forma, que huimos de ella pues no nos reconocemos vulnerables.
Otra opción es que la tristeza hace creer que nunca se acabará, que se abrirá un hoyo en la tierra y nos tragará completitos, entonces, lo «mejor» es huir de sus brazos, no vaya a ser que me intente desaparecer.
En ambos casos, no nos damos el chance de SENTIRLA, porque eso significaría:
- Conectar con la pérdida:
Sentir tristeza implica darnos cuenta de que algo que valorábamos se ha ido: una persona, una etapa, una oportunidad, una parte de nosotros mismos. No siempre es tangible, pero siempre hay algo que ya no está. - Aceptar la vulnerabilidad:
La tristeza nos muestra que somos sensibles, que no lo controlamos todo, y que nos duele amar, cambiar o soltar. - Abrir espacio para el duelo y la transformación:
Al permitirnos sentirla, la tristeza puede movernos a hacer pausas, revisar lo que importa, resignificar, soltar expectativas y construir sentido. Es una emoción que, bien transitada, nos humaniza y nos permite crecer. Sin embargo, atravesar su puente, es doloroso. - Expresar lo que no tiene palabras:
A veces lloramos sin poder explicar por qué. La tristeza puede ser una vía para que el cuerpo y el alma hablen lo que la mente aún no comprende del todo.
La tristeza nos empuja a estar únicamente con nosotros, nos hace pensar que no saldremos de ahí, pero no es cierto, es un pasaje oscuro que, entre más nos neguemos a sentir, más nos acompañara la idea de que es largo, profundo y lastimoso.
Nadie es experto en emociones, porque, cómo decía un maestro: «Ninguna emoción nos es ajena, porque todas nos tocan en algún momento de nuestra vida». Sin embargo, huir de la tristeza tiene razones válidas que hay que conocer, para identificarlas y trabajar en ellas:
- Porque duele:
El dolor emocional es real. Y muchas veces preferimos evitarlo, anestesiarlo o distraernos para no sentirlo tan de frente. - Por introyectos culturales o familiares:
A muchos nos enseñaron que estar tristes es ser débiles, exagerados o poco agradecidos. Entonces aprendemos a reprimir la tristeza para ser «fuertes». - Porque activa memorias pasadas:
Sentir tristeza hoy puede tocar duelos antiguos no resueltos, heridas de infancia o soledades profundas que hemos querido olvidar. - Porque nos deja sin respuestas inmediatas:
A diferencia de otras emociones, la tristeza no siempre tiene una solución clara o rápida. No se “resuelve”, se atraviesa. Y eso genera ansiedad en un mundo que exige productividad y certezas.
A todos nos tocan experiencias en las que la tristeza, sí o sí, se hará presente, así que cabe reflexionar que huir de la tristeza es, muchas veces, una forma de huir de nosotros mismos. Sentirla no nos rompe; lo que nos rompe es negarla, esconderla o vivir como si no existiera. La tristeza, cuando la escuchamos con respeto, puede convertirse en una maestra silenciosa que nos enseña a estar más vivos, más presentes y más conscientes de lo que de verdad importa.
Por ello, habitar la tristeza, es dejar que esté, que tome un lugar en nuestra vida, y, cómo diría el filósofo Kierkegaar:
La tristeza y la angustia no son debilidades, sino momentos en los que el ser humano entra en contacto con la posibilidad de elegir, de cambiar, de hacerse responsable de sí mismo.