Este texto no es un reclamo, es un reconocimiento a lo que no pudo ser y a lo que toca hacer.
Tengo 50 años, muchos de los cuales me he dedicado a sufrir por la falta de reconocimiento que mi padre no me dió.
He ido del resentimiento a la culpa, y de ésta a una indiferencia disfrazada, para ocultar que no se siente más nada. Al final, lo que me llevó a darme cuenta de que, además de que no obtendré ese reconocimiento nunca de ese padre que sigue vivo allá afuera, es ahora mi responsabilidad diferenciar esa imposibilidad externa y la oportunidad que se me está dando de proporcionarme fuentes directas e indirectas de reconocimiento, para cumplir con esa necesidad que me persigue, pero que ya no me tiene que seguir haciendo que vaya detrás de ese señor de 83 años, cuya idiosincracia y contexto, le impidió darle a las mujeres un lugar visible en su vida.
Yo soy ahora la única que puede proporcionarse palabras, conductas y acciones encaminadas a compensar, en su justa medida, todas aquellas que no pudieron ser proporcionadas por un hombre limitado en su educación formal y sabio en la educación de la vida, sólo que nada más le alcanzó para sobrevivir en la ciudad, hacerse de un patrimonio y para darnos, a mis hermanos y a mí, lo que para un hombre de su tiempo le tocaba dar como padre: casa, vestido y sustento económico.
He escuchado mi historia en las de otras mujeres y yo he estado en las que me han llegado profundamente en la consulta. Somos mujeres cuya ausencia emocional de sus padres las ha marcado en distintos ámbitos y tareas de vida: el profesional, el económico, el amorosa, entre otros. Y aún así, vamos lamentándonos como una Llorona, llamando al padre que nos fue negado y que no hemos sabido darnos. Nos hemos perdido en buscar su mirada y no nos hemos volteado a ver como pedimos serlo: de formas amorosas, generosas, orgullos… Y nuestros ojos están puestos en aliviar la pena primaria (le podría llamar) queriendo que un jefe, un maestro, una pareja; nos salve. Grave error.
No, esa tarea toca a quién esto escribe y a quién se sienta identificada. Y la tarea es doble, porque si el padre original sigue vivo, hay que registrar aquello que dió y que nosotras no le hemos reconocido, y recoger, ciertamente, los pedazos de aquello que no pudo, no quiso o no supo dar; para llevarlo a un sitio seguro y revisar qué partes hacen falta completar. No encontraremos las piezas originales, pero sí unas muy parecidas, y servirán de igual forma. Por ejemplo, mi padre ha admirado y dado un lugar especial a lo hecho por uno de sus hijos varones. ¿Qué me toca a mí? Debo ser franca: hay que pasar primero por el odio o la envidia que cause esa situación, para poder avanzar y entonces sí, completar lo que no se logró hace tiempo con la necesidad básica emocional, así que después del sentimiento odio o envidia, ejercer una tarea consciente que es la de aprender a admirar y dar un lugar especial a lo que yo he hecho… Me conmuevo al escribir esto… Porque la tarea no es sencilla y porque hay que empezar muchas veces, de cero…
Hace poco tiempo, aún le reclamé a mi padre lo no dado… Él sólo podía justificar su «ignorancia» y reclamar un agradecimiento por lo que se considera, fue dado hasta de más. Tiene razón. No era hacia ese señor el reclamo. Era a mi padre con el que convivo 24/7 y lo traigo dentro de mí. El señor que llevo dentro es la persona que no me da lo que yo necesito: no cree en mis proyectos, no piensa que voy a ser exitosa, tampoco considera que los estudios que estoy haciendo, me vayan a dejar algo muy bueno. No me apoya en mis ideas, ni tampoco se pone recio cuando flojeo demasiado. No me ayuda a ser valiente ni a irme de vacaciones a gastar dinero y a perder el tiempo… Ese es el papá que debe cambiar, y soy responsable de hacerlo. De hecho, la única responsable.
Esto nos pasa a las mujeres con los padres, pero también les pasa a los hijos con sus madres, a las mujeres con sus madres o a los hombres con sus padres. Cuando no hay miradas, nos quedamos tuertos o ciegos de algún recurso, saber, cualidad o talento personal. De lo que hay que darnos cuenta es que es reversible y que podemos vernos con otros ojos, por ejemplo, con los de cuidarnos, apoyarnos, capacitarnos para la vida. Yo he elegido eso para mí.
Pero soy honesta conmigo y me lastima aún el papá de allá afuera, eso también lo reconozco, sobre todo, cuando noto que sabe darlo… a otros… Por ello, me «regalo» distancia de él para no exponerme a escuchar, sentir o ver, una palabra o acción que me diga constantemente que la herida sigue ahí… Al menos, en lo que me encuentro yo pudiendo aceptar tal cual es, a este padre vivo allá afuera, y al que tampoco le he reconocido lo que sí ha hecho de mí y de lo que sí me ha dado. Esas son también tareas faltantes…
Nadie es profeta en su tierra, dice el refrán, y ciertamente, la relación con los padres con hijos adultos es un dilema que hay que enfrentar con las herramientas al alcance, para sortear lo que es lastimoso. No hay un solo camino, y menos un camino experto o perfecto. No hay relación afectiva y significativa que no integre un conflicto en sí, y no siempre, ni estamos listos, ni sentimos que podemos, en particular cuando hay que decir «no» a una relación, cuando lo más conveniente para uno mismo es alejarse o poner distancia, porque entonces viene la culpa social y nos dice que somos malos hijos, los valores religiosos o familiares, nos escupen que somos desagradecidos. No es así, sólo estamos eligiendo desde nuestro ser adulto para que sea lo más salvaguardador posible para nosotros mismos.
Pienso que puede ser un tema controversial y que hay puntos que la moral y la educación familiar no nos permiten ser lo que deseamos ser, pero, al mismo tiempo, no puedo seguir esperando ese padre de la infancia y odiarlo porque no me procuró esas necesidades emocionales. Es dejarle ir y hacerme cargo. Considero que esa es la gran labor con uno mismo: ser nuestro propio padre y nuestra propia madre.