Existen meses en que se junta de más, emocionalmente, y no es que uno no pueda con la carga, considero que, es más notorio el peso en el corazón que esto acarrea.
Expongo (y me expongo) mi propia experiencia:
En las últimas semanas han habido pacientes que cancelan de último momento, cambian sus citas para un después que no queda claro, se «les olvida» la sesión o, simplemente, dejan de venir. Por consecuencia, vienen pensamientos de poca valía sobre mí misma, de sentirme no respetada y uno que suele ser mi favorito: ¿por qué la gente no toma en serio la terapia?
Al mismo tiempo, me pasea por la cabeza que la formación académica de la que me ocupo desde hace poco más de un año, se vuelve floja y tediosa, y yo con ella. Dejo de lado la idea de la responsabilidad, y no me apura ninguna tarea. Doy por perdido el aprendizaje este semestre, y me compenso con lecturas ajenas a lo que estudio, como para ocuparme en algo. Me siento poco considerada, como si la escuela fuera una madre que no me hace caso, y yo, entre tanto hijo, me le pierdo de vista.
Quizá por eso me convoca la idea de que los psicólogos somos frágiles. Me da pena escribir esto porque me imagino que alguien que me conoce lo va a leer y va a descubrir algo de mí que no quiero y dará al traste con alguna de las imágenes con las que me vendo, o, mejor dicho, que el ego me ha regalado para sobrevivir en este mundo, en el que alguna vez me sentí en peligro y, por eso he tenido que disfrazarme de fuerte, de gestionar maravillosamente mis emociones, y de conservar la madurez ante experiencias que, a otra persona, la sacudirían terriblemente. En realidad sí lo soy, y también soy un montón de miedos que llevo continuamente a terapia y que cada vez se hacen más visibles (lo cual ya es ganancia) para poderlos tener en cuenta cuando se asoman y, pueda ponerme en acción para que no me coman. Al menos, no en ese momento. Nada más díficil de hacer. Por eso, creo, puedo llegar a comprender a las personas que me honran con su presencia en la consulta. Sé de qué pata cojeo, por eso me gusta sentir (lo quiero creer) ayudar a caminar a otros.
El miedo también ha sido mi compañero de la última semana,
cuando se asoma con una cara que ya me es familiar y que, cuando no soy consciente de ello, puede provocarme un buen susto, y automáticamente, devolverme a esa niña -emocionalmente hablando- que quiere huir y esconderse de la figura con piel morena y bigote, tan parecida a su padre y que provoca que se vuelva a sentir sola y sin posibilidades de poder defenderse. Se me olvida que soy, además de una adulta, una paciente entrenada, que ya sabe de dónde viene todo ese miedo y que lo que debo hacer es regresarme al presente y volver a ocupar los recursos personales que tanto tiempo me ha llevado reforzar. En ocasiones, como estos últimos días, no he podido, me he quedado agazapada, agachada y callada.
La fantasía también ha provocado que la tristeza se instale en estos días de verano. Me pasa cuando pongo expectativas sobre las personas y la realidad apunta a decirme que me apresure si no quiero llevarme un buen golpe de realidad.
Y es la fantasía de una familia de origen donde todos somos niños y mamá nos llama para decir que la comida está lista.
Y entonces, me doy cuenta que no hay mamá, no hay niños, no hay mesa y no hay comida. Hoy hay adultos que no aceptan que algunos de sus miembros trasgredan los valores familiares y deseen para ellos, independencia y autonomía. Es triste ver que para poder ser tú (yo) necesites alejarte de esa representación mental llamada familia.
Es así como, contando algo de mi historia, me siento mentalmente en una banca del parque, y mientras me da el sol, apunto simbólicamente que los sucesos de nuestra vida provocan, en ciertos momentos, una pesada ola que no ahoga ni sacude tremendamente, pero sí nos hace cobrar una conciencia mayor sobre el trabajo personal que aun hay que hacer, y que a veces se queda embarrada como un alga salada y triste, o pegajosa y con miedo, o ambas.
¿Les pasa? ¿Les ha sucedido? También les han llegado olas fuertes que los dejan con la ropa mojada y se dan cuenta que, además de que no trajeron ropa, está nublado y hace frío. ¿Se dan cuenta? No se acaba el mundo, pero se hace un poco más díficil sortear lo que hay que hacer para resolver y salir avante de ese mar llamado vida.
Julio, además, trae un mensaje para mí: «escribe más de lo que te pasa, sólo así podrás notar en dónde está el problema». El mismo mensaje dejo aquí para todo aquél atrevido en leer esta entrada. De antemano, gracias.