Las redes sociales y el amor

O el amor en los tiempos de pantallas y aplicaciones…

En ambos casos, el título parece que anuncia una realidad cada vez más constante y con ganas de quedarse para siempre sino nos ponemos un alto.

¿A qué me refiero?

Echen ojo:

“Tomé su celular cuando se paró a recibir la comida que habíamos encargado. Ahí fue donde vi que se mensajeaba con una mujer. Eran mensajes muy subidos de color, como que ambos se coqueteaban. Cuando regresó, le reclamé y lo negó todo. Se molestó porque había revisado su celular y eso me encabronó más porque a leguas se notaba que me estaba ocultando la verdad…”

“Ya no éramos novios pero habíamos quedado en ser amigos, así que nos seguíamos  en Facebook e Instagram. Un día vi que le daba muchos like a una tipa horrenda y me dio mucho coraje porque a mí me había dicho que no le interesaba nadie. Hice un perfil falso para que ella me aceptará, me hice pasar por hombre y comencé a mandarle mensajes por messenger para luego capturar las pantallas y mandárselas a mi ex. ¿Para qué? Para que vea a su zorra coqueteando con otro y la deje…”

“Yo le dije que nos tuviéramos confianza y que no debía haber secretos entre nosotros, por lo que tenemos las contraseñas del celular del otro y de las redes sociales. Ella sabe lo que yo hago y yo sé con quien charla y quienes son sus contactos… No es por nada pero nos ha servido bastante porque así no hay chance para ponernos el cuerno…”

Los ejemplos anteriores son una situación cada vez más común en la vida de las parejas de hoy en día, sin importar edad o nivel académico o económico en el que se manejen. Es decir, no excluye a nadie porque se relaciona más con faltas en nuestros primeros años que vamos solicitando a nuestras parejas que las satisfagan. De hecho, puede presentarse que ante una figura paterna (en el caso de las mujeres) o materna (para los hombres) intermitente, escasa presencialmente hablando, o bien, fría o violenta; nuestra búsqueda encuentre a personas que también no estén del todo con nosotros. Una manera de repetir la historia de nuestra vida.

La zona conocida se convierte entonces en nuestra cotidianidad,  por lo que no es percibida con claridad. Puede molestar o doler pero eso no es suficiente para moverse de ese lugar, ya que eso “hemos aprendido”: a esperar, a desconfiar, a imaginar escenarios catastróficos y a obtener las migajas que “merece” nuestra poca autoestima.

Si bien la tecnología ha permitido el acercamiento con nuevas personas o el facilitar la comunicación, le hemos concedido todo el poder a un mensaje interpretándolo de acuerdo a lo que nos convenga– pero esta conveniencia deviene de un contexto personal, de acontecimientos vividos y que hemos integrado en nuestro interior para generar una perspectiva individual- así que si la historia nos dice que nos van a fallar, que se van a ir, que no somos suficientes; eso es lo que estaremos construyendo sino aprendemos de las experiencias para salir de esos patrones que nos tienen en relaciones tóxicas, poco saludables o llenas de dolor.

Por otro lado, hay un verbo que se ha traducido al español como “estalquear”, derivado del inglés “to stalk” (espiar), que, de acuerdo al portal http://www.concepto.de, se trata de:

Una forma de acoso o espionaje tecnológico, que usualmente se da en el entorno novedoso de las redes sociales y el Internet. En líneas generales, este término se usa para referir a una conducta obsesiva, insistente, empeñada en averiguar lo más posible de una persona(usualmente una antigua pareja o un rival afectivo) a través de sus cuentas en redes sociales, sobre todo las que contienen datos personales: fotografías, mensajes, etc., tales como Facebook, Instagram, etc., dedicando a ello gran cantidad de tiempo y atención.

Fuente: https://concepto.de/stalkear/#ixzz5pFDn2chE

Este acoso se confunde con la necesidad de saber del otro porque se nos ha enseñado que el otro es más importante que uno mismo. Suena a clases de pensamiento positivo, pero sin nosotros no existiríamos. ¿Lo mismo sucedería si los demás se van de nuestra vida?

No es exagerado considerar que ante un bajo nivel de tolerancia a la frustración, los chavos de menos de 20 (y acá entre nos, de 30, 40, 50 y más) intenten por todos los medios asegurar que sus parejas van a estar ahí por siempre, ya que, de no ser así, la vida se acaba. Y en algunos casos es así.

¿Qué hacer?

  1. Aprender a confiar en uno mismo. Falta creer en que uno es más importante que el otro. Entender que si yo me doy eso que tanto busco que el otro me lo dé, no intentaré desesperadamente que se quede a mi lado.
  2. Incrementar nuestro autoestima. Hacer más acciones en beneficio de uno mismo. El tiempo que ocupamos en estalquear, utilizarlo en esos proyectos o deseos que, vistos a futuro, serían importantes para sentirnos felices. Si nos imponemos a nuestros deseos, el tiempo no se ocupará en saber dónde o con quién está la pareja. Y si eso sucede, estaremos tan ocupados en nuestro bienestar, que se nos pasará pronto.
  3. Conocer nuestra historia personal para no repetirla. Los patrones o modelos de comportamiento de nuestras familias de origen (tanto del lado materno como paterno) nos pueden dar mucha información para completar el rompecabezas de nuestra existencia. Puede ser que desde la bisabuela, las mujeres “tengan” que perseguir a los hombres, o que el abuelo haya dejado como mensaje a los hombres de su familia que “nunca” haya que confiar en las mujeres. Pedir información da la posibilidad de evitar seguir esos mensajes otra generación más.
  4. Ponerte al frente de tu vida. Haz una lista de que cosas han hecho esas parejas por ti, que te han dado, y luego revisa que de todo eso tú te das a ti mismo. Cambia la lista y ponla de tu lado porque, al final, nadie hará por ti lo que no hagas por ti mismo.
  5. Ve al encuentro de ayuda profesional. Una vida no se cambia de la noche a la mañana pero, ¿no te gustaría dejar de sufrir y acongojarte en tus relaciones de pareja? ¿No sería bueno que salieras a la calle sin que esos pensamientos de desconfianza te dominen? O sentir que no necesitas seguir a nadie a todos lados ni tampoco que te siga? ¿Amar confiando en ti más que en el otro? Entonces, busca un profesional para que te oriente al respecto. Hay para todos los gustos y bolsillos, sea de paso.

Acércate a una buena vida.

¡Hasta la próxima!

¿De qué tienen miedo los hombres?

Ah, pero, ¿es que los hombre tienen miedo?

Así es. Y más de los que mucha gente se imagina.

En la consulta veo cada vez más casos en los que esa idea de competir y ganar, ser exitoso y no fracasar, ser fuerte ante cualquier circunstancia, o por el contrario, esconder su gusto por el canto o las artes, limitar su capacidad para no parecer “demasiado” agresivo y evitar expresar emociones como la tristeza y el miedo; es la constante actual.

Aún seguimos viviendo en una sociedad en la que a los hombres (incluidos los millenials) les cuesta verse débiles, vulnerables, temerosos o dudosos de su fuerza, de su poder o de su economía. Muchos se esconden a través de una búsqueda constante por un cuerpo fornido, aguantan trabajos que no les gustan porque hay que rendir con el dinero, no se comprometen con alguna mujer (u hombre) porque les da terror el compromiso y la responsabilidad que esto conlleva ya que temen fracasar.

También se dan casos en los que como no se sienten capaces de alcanzar sus metas, ocultan este temor a través de aspirar demasiado para terminar haciendo nada porque es mejor simular que se está haciendo algo a decir literalmente que da miedo iniciar, continuar, avanzar o, incluso, alcanzar la meta porque entonces…, vendría otra meta más alta que tener que alcanzar.

“Sé fuerte mijito”

“Tú siempre vas a poder”

“Levántate, ándale, te están viendo todos”

“Ay, mi héroe, mi valiente, mi superman”…

O algo más o menos así:

“¡Siempre el mismo estúpido! ¿Para qué te tengo?”

“Tú eres el hombre de la casa ahora”

“¿Eres tonto o qué? ¡Órale, me vale si estás cansado!”

“Hombre que no da dinero, da lástima”.

Cuando les pregunto a ellos cómo debe ser un hombre, algunos no lo saben y otros aún colocan a la fuerza y la virilidad como dos de sus principios, pero no es su propio concepto porque, si así fuera, tendrían que poner frente a ellos lo que les transmitieron sus padres (ya sea porque así lo hicieron o porque lo dejaron de hacer) cuestionarlos, ponerlos en duda e identificar si les son útiles para seguir usándolos o no. Sin embargo, sino se hace este ejercicio, se puede ir por la vida repitiendo los errores, solicitándole a los demás lo que no les dieron y haciendo todo lo posible porque les acepten y les quieran.

Ser un hombre no es tarea fácil. Construir su propia valía es un esfuerzo similar al que encuentro en las mujeres que me consultan. Ambos buscan cambiar y tener una buena vida pero, ahora las mujeres tienen a su alcance literatura, cursos, talleres, grupos de ayuda, conferencias; sobretodo, con un periodo en el que el poder femenino está tan en boga.

Al hacer una revisión en internet, el porcentaje de esta clase de acciones baja considerablemente para los hombres y creo que es hora de darle la oportunidad a ellos de recuperar su masculinidad, la que ellos aprendan por sí mismos. Es decir, que la oportunidad sea pareja tanto para las mujeres que para los hombres, que para eso llevamos todos una parte femenina y una masculina en nuestro interior. Pero esa es otra historia.

Si deseas reconstruir tu masculinidad o darle sentido a tu femineidad, ya sabes, por aquí andamos…

*Crédito foto: Cristiano Firmani

Adolescencia olvidada

Hace algunos meses, comencé a tener problemas para dormir debido al ruido provocado por unos jóvenes vecinos recién llegados al edificio donde vivo.

Después de intentar solucionar este asunto a través de llamados desde la ventana, de tapones para los oídos y de hablar con uno de ellos, me di cuenta que estaba yo más que pendiente de cualquier sonido que saliera de ese departamento, incluso, le puse un nombre: el oído espía, provocando que mi concentración estuviera enfocada en lo que hacían, en el “afuera”.

No me acordaba de un suceso que, precisamente por su fuerza e impacto, pasé por alto: que lo que uno achaca al mundo externo, es un mero reflejo de lo que estamos haciendo de más o de menos -o no estamos haciendo- en nuestro mundo interior.

Y entonces la vida presenta hechos compensatorios para que podamos darnos cuenta. Si yo asumía una actitud de madre regañona con mis jóvenes vecinos, entonces mi adolescente interna que lucha contra la rigidez y el control, que busca pertenecer, que quiere libertad y ser aceptada; salía a través de una alianza con mis jóvenes pacientes. Es decir, el mundo exterior usa a las personas con las que nos relacionamos para mandarnos el mensaje de que hay algo que arreglar con partes de nosotros y que la solución no está en los demás, sino, en uno mismo.

La vida nos va ofreciendo un montón de mensajes, de respuestas y de soluciones, sólo que a veces no estamos preparados para recibirlos y tomarlos con el fin de mejorar nuestro día a día. Nos empecinamos en ver que la maldad, el desorden, el caos, lo feo, lo negativo, la perversidad; lo sucio y lo ruidoso, viene de los otros, y es allá con todas esas personas con las que nos obstinamos en solucionarlo, cuando ellos son sólo representantes de las acciones que hemos hecho de más, conductas o actitudes que hemos hecho menos o que, de plano, no nos hemos atrevido a hacer algo al respecto en nuestro fuero interno.

Y son esta clase de mensajes los que duelen en la vida adulta porque nos regresa a nuestros niños, adolescentes y jóvenes internos, con los cuales aún tenemos pendientes: vacíos que llenar, necesidades que cubrir, sueños que alcanzar, reclamos que hacer, perdones y agradecimientos que dar y que nos otorguen, para, ahora sí, poder liberarnos de espejos con los que nos vamos encontrando todos los días en casa, en la colonia, en el trabajo, con los familiares, los amigos, la pareja; el señor que nos pasó con su auto, la doñita que nos empujó en el metro o el marchante que nos quiso cobrar de más…

¿Cuál es la recomendación? Hablar con aquellas partes que nos llaman la atención para que volteemos a verlas, para que las escuchemos, las veamos y las recuperemos y no anden como almas en pena a lo largo de nuestros años a ver a qué hora les hacemos un poquito de caso… Es una deuda que muchos tenemos con una infancia dura, una adolescencia de dudas y miedos; y una primera juventud con sueños no cumplidos.

Los ruidos externos siempre serán un sinónimo del ruido interno que tiene que gritar, hacer escándalo y molestar, para ser considerado. Y pueden ser con jóvenes vecinos,  jefes que se parezcan entre sí, de las y los novios con los que andemos…

Hay que hacer menos turismo y más introspección. Te puedes sorprender más que cuando haz visto una playa virgen.

¿Con quién empezarías: tu niñ@, tu adolescente o tu joven?…

Crédito foto: John moeses Bauan

 

 

Si yo creyera en mi mism@

A veces, cuando fantaseo, me gusta imaginar que a los alumnos de la secundaria se les debería dar una materia llamada: “Creer en mi mism@”.

Tengo la sensación que es en el inicio de la adolescencia cuando se manifiestan con más intensidad problemas de autoestima, no porque en la infancia no sucedan, sino que es en la adolescencia cuando el grupo de amigos se vuelve  más importante, los pares y la representación ante ellos es un tema constante en la queja de los chic@s. Quieren verse, integrarse, reconocerse en el grupo y pertenecer.

Por ello, creer en sus talentos y sus habilidades debería ser una prioridad para los adultos a su alrededor. Creer en su diferencia, en los aspectos y características que los hacen únicos, así como en la validación y orgullo de dichas características frente a todo mundo, tendría que ser una constante en su vida diaria.

Sin embargo, lo que tenemos hoy en día es que buscan -en su mayoría- ser igual o muy parecido al “otro”, a ese que es popular, querido, aceptado, reconocido; aunque no sea más que la fachada de algo que se oculta por miedo. Es la etapa es que es mejor ir aparentando fuerza, soberbia, valor; o exagerando alguna como el ser chistoso o bromista… Y sino es por ese camino, entonces se busca la atención a través de ser todo lo contrario pero no por autenticidad, sino porque hay lugares ya ocupados en las representaciones sociales y hay que llenar otros, aunque en eso se les vaya la vida.

Vi un reportaje sobre el peligro de las redes sociales en los jóvenes. Me llamó la atención una chica de 13 años cuando le preguntaron cuántos contactos tenía en su cuenta de Facebook y ella respondió que 2500 -de los cuales conocía sólo a 25-. El reportero quiso saber qué pasaba con los compañeros que tenían menos seguidores pero que sí los conocieran, y ella expresó: “es como si no existieran. Nadie quiere ser amigo de ellos. Es una competencia a ver quién tiene más contactos en el feis”.

Si esta adolescente entrevistada supiera la importancia de ser y no de parecer, no le preocuparía tener únicamente a 25 contactos pero reales, así también le parecería irrelevante si los demás compiten por la popularidad en redes sociales porque ella identificaría que en la vida no es mejor ser reconocida por el resto de las personas, que por ella misma y con esta acción, sería mucho más segura y diferenciaría quién la buscaría por su “popularidad” o por sus talentos y habilidades. Desafortunadamente, la realidad nos sobrepasa.

Chicas que quieren ser las más guapas porque se sienten feas, las que tienen novios golpeadores o controladores porque sin alguien más se sienten solas, las que posan mejor en el Instagram porque si no lo hacen, no se ven, la que dice “sí” aunque se muera por decir “no”…. Para ser sincera, también en los hombres aplica lo mismo…

Chicos que prueban su fuerza con más litros de alcohol porque usarla para lograr sueños o deseos auténticos, ¡guaj, qué flojera… O qué miedo! En ambos casos, las drogas son una cotidianidad.

Bien, y los padres a todo esto, ¿dónde están?

No lo sé de cierto. Unos trabajando, otros lejos, otros abandonando, unos más buscando dejándose ser exclusivos para la pareja. Los hay que hacen lo que pueden y otros lo que quieren. También están los abuelos en el lugar de los padres. Todos, al final, son el espejo donde los hijos se reflejan. Y si ahí ven carencia, poca creencia en si mismos y autoconfianza cero, pues eso mismo será lo que vean, ¿no creen?

Creer y confiar en uno mism@ no es una tarea fácil, sobretodo, cuando lo tienes que hacer ya mayorcito. Lo que yo me encuentro son cada vez más adultos a los que no se les ha enseñado a ser ellos mismos, han querido ser otros para caer mejor, para ser vistos o escuchados o, al final, ser tomados en cuenta.

Decía una maestra muy querida: “La primera mitad de la vida te la pasas siendo lo que otros quieren, y la otra mitad, quitándote todo eso para ser tú mismo”.

Sería bueno aprender de lo que no nos dieron para empezar a hacer una lista y otorgarnos cada uno de estos aspectos, de poco a poco pero que no hubiera día en que algo que no nos hizo confiar y creer en nosotros mismos, saliera a la luz para poderlo reconocer, integrar y rehacer en algo que nos ayude a no necesitar más de otros que de nuestra propia fuerza interior.

¿Cuán extensa sería tu lista? ¿Cómo harías para reiniciar el camino de creer en ti mism@?

Comparte tu experiencia en psicologapiliquiriz@gmail.com

 

 

 

 

 

 

La violencia es general

Hace días vi un vídeo con una entrevista a una abogada española en la que externaba su preocupación por las denuncias falsas que algunas mujeres hacen para acusar a sus parejas de violencia física y psicológica, sin que éstas sean verdad.

En los últimos  meses me he encontrado con casos en los que cualquier tipo de violencia se hace presente en la relación de pareja. Lo que destaco es que este tipo de conductas no hace diferencia de género y puede venir del hombre a la mujer, de la mujer al hombre, de mujer a mujer o de hombre a hombre.

La violencia es una forma en la que decimos: “me impongo a ti”, pero lo que no alcanzamos a ver es que detrás de esta conducta, a veces se oculta el miedo, el terror a estar solo, a hacerse responsable de sí mismo, a ir por la vida con sus propios recursos sin saber cuáles son éstos, a crecer y a ser un adulto que tiene que hacerlo todo por sí mismo.  Y muchos piensan y sienten que eso no es posible, por eso quieren que el otro esté a su lado sea como sea. En ese sentido, considero que una cara oculta del miedo es aparentar más fuerza, más rudeza y con ello, más agresividad.

En ningún lado se nos enseña a acompañarnos de nosotros mismos. Cuando la gente dice que no le gusta estar solo y se le hace ver que nunca podría estarlo porque está consigo mismo, lo primero que hacen es mirar extrañados porque la propia compañía no tiene ningún “valor” en una sociedad que impone estar en pareja o con otra persona (no importa quién sea) aunque sea ésta la peor forma de sentirse estar con “alguien”.

En la entrevista, la abogada Yovana Carril, afirma que las mujeres se han creído el cuento de que sin el príncipe azul no van a ir a ningún lado, y se confía tan poco en sí mismas que hacen lo impensable para que ese “príncipe” no se escape a otro reino, hasta usar las mentiras para que, aunque sea así, él no se vaya de su lado.

En ocasiones, las parejas están juntas de manera disfuncional. Por muy loco que parezca, la violencia puede convertirse en la forma en que se “vinculan”, en la que establecen “contacto” y por el que permanecen al lado del otro.  Sin embargo, la violencia no solamente es ejercida por un solo género; pareciera que la “igualdad” también se da en estos términos.

Hay tanto abandono , tanta ambivalencia en la relación que establecen padres e hijos, que éstos últimos van creciendo pensando que otro abandono en su vida no es posible, que otra ausencia u otra promesa de “no me voy a ir” rota, no la van a aguantar. Y al relacionarse románticamente -si esta situación con los padres no ha sido resuelta-  puede ser probable que se busque por todos los medios que no suceda tal abandono, por lo que la violencia puede convertirse en la herramienta para evitar que se vuelva a presentar una situación ya antes bien conocida, aunque no siempre es consciente.

La violencia, sin importar quien la ejerce, nos puede hacer creer que sólo somos víctimas,… Y aquí parafraseo el título de un libro del psicólogo canadiense Guy Corneau: “víctima de los demás y verdugo de sí mismo”.

Hay que identificar nuestros miedos y saber de dónde vienen para que no los proyectemos en los demás. La relación de  pareja es un espacio de crecimiento y libertad, no un ring donde hay que pelear por lo que no vamos a encontrar ahí porque hace mucho que sabemos (pero no nos hemos dado cuenta) dónde es el lugar y las personas a las que les tenemos que reclamar lo que tanta falta nos hizo.

 

 

La depresión cómo máscara

En ocasiones, hay personas que al acudir a terapia, comentan una serie de conductas y actitudes que ellos consideran encierran una depresión.

Síntomas como una tristeza inmensa, sin ganas para hacer algo, mucho sueño, tedio para los asuntos más básicos y llorar por todo; son algunas de las conductas que las personas atribuyen a la depresión, situación que les imposibilita para llevar una vida “normal”.

Sin duda, hoy en día la depresión como otras condiciones de la salud mental y emocional, se han insertado en el común de muchas personas, debido, sobretodo, a lo que en mi formación y experiencia, los individuos no alcanzan a ver lo que en muchos casos, hay detrás de esa depresión.

No voy a explicar en este artículo cuales son las características de la depresión. Sin duda, hay algunas que son hartamente conocidas y otras que se les descarta o se les minimiza, tales como el siempre estar queriendo hacer algo, como si se corriera tras una meta, y para los que la calma, el silencio y la soledad, son insoportables porque estas emociones los obligan a estar con ellos mismos y contactar con el miedo, la tristeza y el enojo.Entonces, el correr, el estar en permanente movimiento, no le dan entrada, no permite observar a simple vista que la persona está enojada, con miedo o triste. Al ocultarlas, tratamos de “engañarnos” para decirle a los demás y a nosotros mismos: “aquí no pasa nada”.

En el portal de Animal Político*, se menciona lo siguiente: “La Organización Mundial de la Salud pronostica que para el año 2020 la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo, y la primera en países en vías de desarrollo como México”. Y afirma que: “El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señala que 29.9 por ciento de los habitantes mayores de 12 años sufren algún nivel de depresión ocasional, mientras que 12.4 por ciento los experimenta de manera frecuente”. 

Ante la presencia cada vez más frecuente de este tipo de problemáticas emocionales, hay que revisar lo que oculta la depresión, en algunos casos.

Hay tres aspectos que se esconden o se camuflajean para no ser detectados:

  1. Algo que no puedo afrontar.
  2. Algo que no suelto.
  3. Algo que no dejo ir.

Entonces, si duermo mucho, voy a evitar ver mi vida y lo que necesito hacer para mejorarla. Si lloro mucho, no voy a ver con los ojos que necesito mirar mi vida para arreglar lo que se tenga que arreglar. Si me muestro débil, empequeñecido, el mundo me verá y me tratará como una víctima; y entonces, otro se encargará de mí o nadie vendrá a exigirme responsabilidades de adulto.

En algún momento leí que, “el lado oscuro de la depresión, es la responsabilidad de uno mismo”, y en un mundo donde se exige ser productivo, audaz, valiente, exitoso; perfecto, la gente no puede decir que no y poner un límite, sino que se deprime porque teme decir: “no puedo”, “no sé”, “no quiero”; fallar o perder. Y también hacer lo que necesita para crecer como ser humano y como adulto. Estamos instalados en una sociedad que no perdona a los que van de comunes y corrientes, a los que sacan sietes y ochos, a los que que no tienen ambiciones o ganas de comerse el mundo; y ante ello, las personas se ocultan y esconden sus miedos, su inseguridad y su terror a no ser aceptados o reconocidos.

Hago énfasis en que hay casos en los que la depresión es tan severa que afecta el orden bioquímico del cuerpo y las personas acuden al psiquiatra para que les receten medicamentos. Personalmente creo en el mensaje de las enfermedades y en que hay que enfrentar lo que, en este caso, una situación depresiva, nos esté diciendo para que la trabajemos y respondamos a las preguntas:

-¿Qué estoy haciendo de más?

-¿Qué estoy haciendo de menos?

-¿Qué he dejado de hacer?

-¿A qué me obliga esta enfermedad que si no se presentara, no haría?

Considero que la depresión puede ser una oportunidad para conocer también nuestras habilidades y talentos ocultos, los cuales pueden, al salir a la luz, servirnos de soporte para hacer una mejor vida para nosotros mismos.

*https://www.animalpolitico.com/2018/07/depresion-2020-discapacidad-mexico/

Volver a empezar

Dedicado a MC y a JE

Hoy en día, el trabajo se ha vuelto un factor de stress para los que pasan los 40 años. ¿Por qué? Porque cuando  uno es más joven la vida viene con más facilidad: no se tienen tantas responsabilidades-por ejemplo, un hijo- se busca vivir la vida y cumplir sueños. Incluso, los empleos no tienen ya que ser para toda la vida.

Sin embargo, para quienes ya cuentan con una su propia familia, con una hipoteca o renta por pagar, deudas y compromisos a los que hay que afrontar sin poder recurrir ciertamente a los padres, perder el empleo es un asunto complicado.

Se piensa que después de ciertas edades, las oportunidades laborales disminuyen. Ya no se contrata tan fácilmente a alguien que, con todo y su experiencia, ya trae “mañas, costumbres y hábitos”, difíciles de cambiar para las compañías que necesiten sus servicios. Alguien más joven, que recién empieza su carrera profesional, puede ser moldeado al estilo de la empresa y no será tan exigente a la hora del pago y las prestaciones. Claro, uno sabe más por diablo, que por viejo, diríamos algunos…

Por otro lado, muy pocas personas han hecho un plan de vida. Un ejercicio de autohonestidad para saber dónde y cómo se quieren ver en unos años. Sobre todo, porque no desean afrontar la dura realidad de tener que ahorrar, guardar esos aguinaldos para hacerse de un negocio propio, o no se quieren evitar gastar en esa fiesta en lugar de pensar en que ese dinero caería muy bien para el “colchón de emergencias”. Pocos adultos contemplamos el tema del desempleo, más cuando ya agarramos confianza en el que tenemos. Si ya llevamos más de cinco años en ese trabajo, no nos atrevemos a pensar que nos van a correr o que nos van a cambiar, o que nos van a hacer renunciar, o que no nos va a gustar más esa actividad… Mejor malo conocido que bueno por conocer…

Pero nunca es tarde para comenzar.

Lo primero es darse cuenta que, en efecto, hay que hacer un alto en el camino, tengamos o no tengamos trabajo, para saber si eso que estamos haciendo, es lo que queremos hacer por lo menos de aquí a alcanzar la edad de la jubilación. Sino, a tomar papel y pluma.

¿Qué quiero?

¿Dónde me veo?

¿Qué me gustaría estar haciendo los próximos 20 o 30 años? ¿Lo mismo que ahora?

¿Qué me gusta hacer aunque no me paguen por ello?

De las ideas locas, absurdas o increíbles, puede darse la posibilidad y la alternativa. Nunca hay que descartarlas porque nos pueden ser útiles.

Luego de las ideas viene la acción, por ejemplo:

  1. Ahorrar para eso que se descubra como  la posibilidad de un negocio propio o de otro tipo de trabajo.
  2. Acabar con las deudas actuales lo más posible y no generar más. Castrarse para lo inmediato a sabiendas que vamos a obtener algo más a largo plazo.
  3. Formarse, capacitarse o informarse, sobre aquéllo que nos interese hacer. Pensaste en una cafetería. OK. ¿Qué sabes de cafés, de bebidas, de snacks, de ubicaciones, de rentas, de…?
  4. No pensar en la  lana inmediatamente. Hace un tiempo, mi terapeuta me dijo que si se hacía un negocio pensando sólo en el dinero, no funcionaría. Y, al menos en mi experiencia, es verdad. Antepuse varias veces el dinero a aprender, a que me conocieran, a obtener resultados positivos en mis pacientes; y cuando fue así, sólo pensar en la lana, no llegó ningún paciente.
  5. ¿Vas a seguir en esa chamba? Muy bien, entonces aprende a ser sagaz, estratega y a “leer” el panorama y los escenarios porque tienes que estar listo para los cambios, los acomodos, los nuevos jefes, las nuevas demandas, los nuevos compañeros; y debes ajustarte y pagar el precio por seguir ahí donde has decidido.
  6. Autolimitarse, autodirigirse y automotivarse. Si vas a ir en búsqueda de apoyo moral, adelante. Pero antes debes saber que habrá gente que te quiera batear, que te quedes, que no avances, que se sigan yendo de juerga o de vacaciones, que te va a proyectar su miedo, que te va a decir que ahí estás bien o que, por el contrario, ya lo hagas sin esperar. A nadie le hagas caso. Hazle caso a tu miedo que te bloquea y te limita, a esa voz interna que te dice que ya es tiempo o a aquella que te dice que esperes, que es mejor esperar. Es decir, hazte caso a ti.
  7. Háblalo. Para que se entienda para qué lo haces, con qué fin ya no gastarás en helados o cines para tus hijos en los próximos dos años, porque ya no te irás de viaje a la playa como cada Semana Santa, porque ya no comprarás el auto que habías quedado en comprar. Hay que hablarlo con los que directamente se vayan a ver afectados porque, entre más clara y directa sea la información, mayor apoyo te brindarán porque la limitación de ahora, les traerá beneficios a todos. Y si reorganizan la dinámica familiar entre todos, mucho mejor. Comer en casa los fines de semana, postres hechos en casa, palomitas caseras, menos tele y más libros… Ahora escribo este blog desde la Biblioteca Vasconselos y no saben el encanto de hacerlo viendo los árboles, sin ruido y sin música ruidosa…
  8. Empieza poco a poco. Una nutrióloga que conozco, me dijo que ella llevaba 30 años en su profesión, fue la primera nutrióloga en obtener la cédula profesional en México, y me platicó todos los errores que había cometido a lo largo de sus primeros años para poder llegar a donde había llegado. Nunca se pensó tan exitosa sino que lo único que quería era tener pacientes y un consultorio propio. Y lo logró haciendo algo que le gustaba y que no vio frutos hasta cinco años después de haberlo iniciado. Mientras, se tuvo que chutar trabajar para alguien más…
  9. Comprométete. Todos queremos lograr algo en la vida pero muchos sólo lo pensamos, lo deseamos y nos lo imaginamos. Pocos se comprometen con eso que quieren hacer. Como les digo a mis pacientes: “Deseo, idea o sueño sin acción, es igual a ilusión”, así que sin manos a la obra, no hay obra.
  10. Conéctate siempre con el trabajo. Si te despidieron, no te vayas de vacaciones, no te tomes días para pensar…, si te fuiste de ese trabajo que no te gustaba, no te quedes en tu casa a que las ideas lleguen o la motivación te la den otras personas: actúa en consecuencia. Se vale llorar por la pérdida o la decisión, pero luego de las lágrimas, venga! A meterse al terreno de juego porque nadie va a pagar la hipoteca o la renta o la comida, más que nosotros.

La edad no es una limitante para encontrar de nueva cuenta el camino. Esa limitación está en nosotros. Pero hay que ser realistas, ya que a lo mejor, no nos vamos a encontrar con las mismas condiciones que hace 10 o 5 años, quizá vengan tiempos con un menor sueldo o con una mayor distancia hacia el trabajo. Sin embargo, ya sabremos para qué nos ha de servir esa nueva labor y qué es lo que buscamos al levantarnos cada mañana. Ya nos habremos hecho conscientes y actuaremos para lo que queremos lograr.

Nunca es tarde para comenzar de nuevo. Comenzar desde el miedo y la desconfianza que al final, son aliados de vida que nos impulsan para movernos del sitio de lo conocido, del confort o del “ahí se va”. Incluso, para ser más fuertes, más duchos en algo, para enfrentar nuestra poca creencia en nuestros talentos. Quizá llegó la hora de regresar a la escuela, pedir ayuda, titularse, capacitarse en un CECATI, aprender algo nuevo…, confiar y creer en uno.

Así que, bienvenidos los cambios que siempre nos vienen a dar un mensaje en el que se dice que no hay vida sin movimiento…

Los 10 pretextos para no avanzar

Cuando queremos hacer cambios en nuestra vida, pensamos mucho en lo que vamos a hacer pero no siempre se refleja en acciones. ¿Por qué pasa esto?

  1. Nos da miedo. Nos apanica que el cambio resulte y, ¿luego qué vamos a hacer? Tendríamos que hacer cosas diferentes, cambiar de hábitos, empezar algo… ¡Qué miedo, mejor no!
  2. Le huimos a la responsabilidad. Estamos muy mal educados al pensar que son los otros los que nos deben ayudar, los que nos deben motivar, los que nos deben acompañar o apoyar. Solitos no. Hacernos cargo de nuestras decisiones y, por ende, de las consecuencias de nuestros actos, tiene una doble carga: que el beneficio o el perjuicio sólo nos ataña a nosotros mismos, ¡y que no haya nadie a quién echarle la culpa!
  3. Nos impacta lo que piensen los demás. Es tan importante la opinión de la gente que está a nuestro alrededor, que a veces, en un “acto de amor” si nos dicen que “eso” no nos conviene, o qué para qué vamos a cambiar, les hacemos caso. Al final, lo que hay es un gran miedo a que esos otros a quienes amamos, nos dejen de amar por marcar una diferencia.
  4. La costumbre puede más. Aunque no nos sintamos a gusto, o estemos hartos, o sepamos que esa persona o ese acto nos hace mal, estamos tan acostumbrados a ello que preferimos seguir por ese camino. Como dicen por ahí: “mejor malo por conocido que bueno por conocer”.
  5. Nos exige más. Claro, avanzar exige movernos del sitio en el que nos encontramos y eso conlleva a gastar una mayor energía pues hay que poner toda la carne al asador. Nos ocupa tiempo, energía, valor y a veces, dinero. Entonces, ante esta exigencia, decidimos decir no porque, si ya de por sí las responsabilidades de la vida adulta nos tienen hasta la coronilla, que, además, ¿voy a invertir más para dar esos pasos que necesito para la vida que quiero? No, gracias, así estoy bien.
  6. Nadie lo notará. Nuestra vida está tan hecha a que los demás nos aprueben, que sino nos dicen que lo que hacemos está bien, dejamos de hacerlo porque nuestro contexto y nuestro sistema familiar pueden pesar más que lo nosotros pensemos de nosotros mismos, por ello, si nadie me va a decir: “qué bien se te ve, mira nada más que cambiado estás, qué ha pasado contigo que ya no eres el mismo…”, entonces, ¿para qué intento avanzar hacia la vida que me merezco?
  7. Me voy a diferenciar. Si hago algo diferente que marque el camino hacia una buena vida. Por ejemplo, si no tomo como cosaco en las fiestas como lo hacen mi papá, tíos, primos y amigos; y pongo un límite cuando me ofrecen alcohol diciendo que no, me van a empezar a tratar como raro y no me van a invitar a las fiestas (que, por cierto, ¡se ponen rebuenas!) al final, voy a ser el apestado y no me van a invitar nunca más. Entonces, ¡pues a tomar se ha dicho!
  8. No vale la pena. Todos queremos una buena vida en algún sentido pero como la deseamos y no hacemos nada al respecto, nos decimos que, entonces, no vale la pena. Sube la gente de  peso 15 kilos, va un mes al gimnasio, se sube a la báscula y…, ¡uta, sólo un triste kilo de menos! No, pues mejor gord@ me quedo. ¡No vale la pena matarme en el spinning o la caminadora una hora a la semana! Es decir, nadie quiere la recompensa del esfuerzo, queremos la recompensa de no hacer nada y así lograr avanzar.
  9. Lo queremos de forma inmediata. Sin dolor, sin reflexionar, sin cambiar, sin movernos, sin mucho tiempo, sin que me muevan de mi sitio, sin que me cueste dinero, sin…, y así, para que pronto y de la nada, surja un panorama en que seamos felices como arte de magia.
  10. Decimos que lo queremos pero…, en realidad no lo queremos. “Quiero avanzar para quedarme igual”, podríamos decir. Nos llenamos la cabeza y la boca de puros buenos deseos porque pareciera que si lo digo muchas veces, se va a hacer realidad. Recuerden: “el deseo sin acción, es pura ilusión”.

Y ya que andamos por aquí, ¿qué pretexto te pones para no avanzar?

10 consejos para lograr una buena pareja

¿Urgid@ porque llegue a tu vida una pareja como la de tus amigos? Pasa el tiempo y no ves que llegue el/la buen@? ¿Haz intentado de todo y nada? ¿Tus galan@es dan pena ajena?

A continuación los 10 consejos para lograr una buena pareja:

  1. Revisa tu autoestima.  Sin seguridad en ti mismo, sin autorespeto, sin amor propio; será difícil que alguien pueda hacer contigo una buena relación.
  2. Arréglate desde dentro. No todo es mantener un cuerpo esbelto, ganar lana, tener un alto puesto en el trabajo, estrenar auto cada año, viajar por todo el mundo, o sonreír con tus dientes perfectos pero lleno de infelicidad y de frustración. Date una manita de gato a través de conocerte, pero,  ¡en serio! Con todos tus recovecos y sin esconder tus habilidades y miedos. Todo ello te hará un ser humano completo, capaz de no andar solicitando “medias naranjas”, sino complementos de vida.
  3. Llénate. Con todo lo que necesitas para que no andes pidiendo a otro que lo haga por ti. ¿Necesitas reconocimiento? ¡Dátelo! ¿Te urge un apapacho? ¡Dátelo! ¿Quieres apoyo? ¡Vas con todo: dátelo!
  4. Ni mamá ni papá. Aprendemos a relacionarnos con otras personas gracias a lo aprendido en casa. A veces, si te pones trucha, verás que haces o dices cosas que papá o mamá hacían con su pareja. Y también podemos ir por la vida queriendo hacerla de papá o de mamá con nuestr@s novi@s. Ojo: no está mal servirle el café de vez en vez pero de eso a pagarles la tarjeta de crédito, curarles la cruda, conseguirles trabajo o enfrentar sus problemas, ¡aguas!
  5. Espejito, espejito. Hay una frase que de tan trillada, ya nadie le hace caso: “si te choca, te checa”. Cuando nos emparejamos, vamos acompañados (simbólicamente) de un espejo en el que proyectamos todo aquello que no acepto de mí, porque me es difícil creerlo, lo rechazo, no me gusta o lo desconozco. Si trabajas en tu persona, verás que lo mamón, abusivo, grosero, asqueroso, vulgar, inteligente, valiente, sagaz, cariñoso…, de tus novi@os, no sólo él o ella lo tienen…
  6. Invierte en ti. Hace tiempo una persona a la que estimo me decía que había valido la pena haber pagado terapia por tres años en lugar de seguirle pagando a sus parejas desde las multas de tránsito, hasta las vacaciones. Ya se había dado cuenta que “pagaba” porque se quedaran con ella pues no se sentía ni valiosa ni importante. Así que no malgastes tu lana en comprar regalos, en tenerl@ content@ con un viaje a Cancún todo pagado o en pagarle la universidad para que no te de pena presentarlo con tu familia. Mejor usa ese dinero en  una terapia eficaz  que te enseñe a verte con todo tu potencial.
  7. Ocúpate. Muchas personas utilizan su tiempo y su energía en preguntarse por qué no han encontrado a esa pareja tan soñada. Van a comer y se cuestionan lo que han tenido o dado de más o de menos. Se ven con los amigos y cuentan el mundo cruel en el cual viven porque no duran con sus parejas o, ¡nada más no encuentran!  O ven con envidia y tristeza a la gente que anda de la mano con alguien… ¡Y no se ocupan de sí mismos! Hay una frase que me encanta: “La mejor manera de encontrar es no buscar”. Y queda como anillo al dedo a este tema, ¿o no?
  8. Aprende. De ti y de los demás. De tus exparejas que son grandes maestros. No repartas culpas, responsabilízate de lo que hiciste bien, mal, de más y de menos; y llévate ese aprendizaje a tu siguiente relación. Si lo que hiciste de más como comprarle un traje de $10,000.00 en la segunda cita, ahora transfórmalo y ponte un alto. Si no resistes regalar algo, ¡regálate tú algo primero!
  9. Se tú. Siempre. Si no quieres tener hijos, que sea por ti, no porque los otros no quieran. Si te gusta el hard rock y no la cumbia, no cambies por darle gusto a otro. A alguien- primero a ti, primero a ti– le gustarás con tus gustos raros, con tu barriga, con tu cutis graso, con tu manía por la limpieza, con tu ser tierno, con tus miedos, con tus arrugas, pero (ya lo señalé antes) primero gústate tú para que le gustes a alguien.
  10. Ábrete al mundo. Hace tiempo una mujer que conozco me dijo que tenía ganas de tener una pareja y que había un compañero en su clase de maestría que le echaba el can pero estaba más chaparrito que ella y eso era un IMPEDIMENTO para no hacerle caso. Literal. Recuerda que “la vida no nos da lo que queremos, sino lo que necesitamos”.

Ojalá que estos 10 consejos te ayuden a hacer pareja con la primera persona con la que es vital hacerla: contigo mism@. Si después viene alguien y se asoma por tu vida, te dará gusto comprobar que el trabajo que hiciste por ti trajo como consecuencia que alguien más se diera cuenta de lo valioso, diferente, único que eres.

 

Se acerca el final

Un año más…

Un 2018 que se va a acercando a la puerta para decirnos adiós… Y tú, ¿tú a qué le dices adiós a este año?

¿Cumpliste con esos deseos de bajar de peso o cambiar de trabajo?

¿Hasta dónde llegaste cuando dijiste que harías ejercicio o que ahorrarías?

¿No avanzaste?

¿No cumpliste?

¿No empezaste?

Por ahí escuché lo siguiente: “un deseo sin acción, es igual a ilusión”.

Y así es.

Muchos de nosotros queremos un cambio sin hacer algo diferente:

“¡Quiero una mejor relación de pareja!”… Y sigo sin valorarme, sin respetarme, dando todo y hasta lo que no tengo o no me han pedido, admirando en el otro lo que no admiro en mi mismo…

“¡Ya no aguanto a mi jefe!”… Y continuo peleando que no me reconocen, no me toman en cuenta, no me dan la razón, no me consideran para los proyectos importantes; o que me explotan, me hacen la vida de cuadritos…

“¡Esta gastritis me está acabando!”… Pero cuando me enojo, me trago el coraje, no expreso mis emociones, no pongo límites, no afronto mis miedos…

Y añoramos en nuestra mente que todo cambie pero si alguien nos menciona que este cambio va a requerir de esfuerzo, tiempo, energía, responsabilidad y compromiso, hacemos como que la Virgen nos habla…

¿Por qué es tan difícil el cambio para algunas personas? Considero que estamos tan acostumbrados a nuestra vida como la hemos llevado, que lograr algo distinto sólo lo hemos visualizado en nuestra mente como algo ya hecho, sin detenerse y reflexionar en las acciones que tendremos que llevar a cabo para que se puedan dar pequeños cambios primero, los cuales nos sirvan para continuar hasta que alcancemos eso que anhelamos pero que no nos lo regalara el universo por muy simpáticos que seamos; sino el esfuerzo y el trabajo personal diario… ¿Quién dijo yo voy?… Ah, ¿verdad?

Otro aspecto lo tiene el desear desde la envidia, la venganza, el miedo o el enojo. “Ahora sí me voy a meter a hacer ejercicio para que cuando me vea mi ex, se muera del coraje de ver lo que dejó ir”. O, “ahora que termine el año, me voy a ir de ese maldito trabajo donde no me valoran,¡y van a saber lo que es bueno cuando se den cuenta quién era la persona que trabajaba!”. Siempre puestos en lo que el otro pueda opinar, decir o hacer. Y muchas veces por eso no hay acción que sostenga el deseo porque, al estar basado en las emociones que el otro me produce porque no me ve, no me escucha, no me da, etc., baja ese nivel de emoción y se olvida el deseo de hacer algo para cambiar.

Un cambio debe venir desde la autenticidad: Yo quiero bajar de peso para sentirme más ligero y saludable, para evitarme un problema de salud que no me deje hacer las actividades que me gustan. Y no desde que así la gente me verá más guap@ o ahora sí me va a hacer caso fulanit@.

Un cambio debe acompañarse de compromiso y asumir las consecuencias de éste, porque si, por ejemplo, decido dejar el alcohol -por la razón que haya encontrado para hacerlo- van a saltar los “amigos” y me van a querer llevar al bar de la esquina y si yo les digo que no, posiblemente se van a enojar, me van a dejar de hablar, ya no van a querer ser mis amigos, nadie más va a querer salir conmigo,  y un largo etcétera. Sin embargo, es mi deseo verdadero dejar de beber para tener una buena vida sin necesidad de embrutecerme por meses, perdiendo dinero que podría utilizar en algo que realmente quiero, o dejar de esconderme atrás de una botella porque lo que me da miedo es encontrarme con mi parte lastimada, abandonada y dolida.

Entonces, con los deseos hay que ser bastante respetuosos porque de lo contrario, puede volverse una fantasía que nos frustre aún más ya que, sino hacemos algo diferente, entraremos a ese círculo en el que “yo deseo + no hago nada + me deprimo o me enojo= todo sigue igual”.

Un cambio debe ser visto por el que trabaja para que se haga realidad. Si los demás lo ven y lo reconocen, qué bueno, sino, no pasa nada.

Te invito a que hagas un cambio: enlista lo que te gustaría lograr + lo que tendrías qué hacer para que se vuelva a una realidad y, en un ejercicio de reflexión, respóndete si estás dispuesto a hacer estas acciones para que no se quede en una ilusión o fantasía…

Te puedes llevar una sorpresa…