Las relaciones de pareja no son para sufrir, pero hay aspectos de nuestra historia personal y contexto, que nos invitan a permanecer en vínculos afectivos insatisfactorios. ¿Por qué es así y cómo trascenderlo?
Las personas nos vinculamos en pareja pretendiendo un estado de felicidad que muchas veces choca con la realidad, sin embargo, ahí nos quedamos, esperando que la otra persona cambie o se dé cuenta que aún estamos ahí. Y pareciera que si nos sentimos mal, la consigna sea quedarnos más tiempo, confirmándole a nuestra mente que es la única opción que merecemos.
Fíjense en este caso:
Luisa N. vivió un año atrapada en una relación que la desgastó emocionalmente con Octavio M. Al principio todo parecía perfecto: se hicieron novios muy rápido, y ella se ilusionó. Pero a los pocos meses, él empezó a mostrarse distante. Ella, insegura y temerosa de “perderlo”, intentó mantener su atención con regalos costosos, fiestas sorpresa y gestos que superaban lo que él daba. Él, en cambio, la criticaba, la ofendía, la engañó y la dejó sola en muchas ocasiones. Cuando finalmente ella se enteró de que él estaba con otra persona, sintió que el mundo se le caía encima, y cuando se acercó a terapia fue para sabe cómo podía cambiar “lo que estaba mal” en ella, y así poder recuperarlo.
En terapia Narrativa se dice que «la persona nunca es el problema», y de alguna manera así es. Hay aspectos que nos sobrepasan como el contexto en el que nos desenvolvemos, y en el cual se desprenden nuestros valores, principios, conceptos de pareja, de ser hombre y mujer; así como se generan creencias y mandatos, con los cuales nos vamos a relacionar en pareja. Sin embargo, a excepción del contexto, todo lo demás SÍ ES CAMBIABLE y, ¡qué bueno!, porque precisamente de eso se trata: de que llegue un momento y podamos hacer la diferencia entre lo heredado, prestado, enseñado, y lo que es NUESTRO.
Consideremos entonces que, derivado de nuestro contexto cultural, educativo y familiar, las razones para explicar por qué muchos adultos jóvenes permanecen en relaciones que los lastiman, pueden ser:
- 1. Heridas de la infancia no resueltas. Las experiencias tempranas con los padres o cuidadores —como abandono, negligencia, sobreprotección o críticas constantes— moldean la forma en que una persona percibe el amor y la valía personal. Al crecer con la sensación de que “el amor duele” o “no merezco ser cuidado plenamente”, es frecuente que busquen inconscientemente relaciones que reproduzcan esos patrones, incluso cuando son dolorosas. La familiaridad con la falta de afecto puede sentirse más segura que lo desconocido, aunque sea dañina.
- 2. Patrones de apego inseguro. Muchos jóvenes adultos desarrollan un apego ansioso o ambivalente, caracterizado por miedo al abandono y necesidad constante de validación. En este tipo de apego, permanecer en una relación maltratante se interpreta como “mantener cerca a la persona importante”, aunque haya sufrimiento, porque separarse despierta ansiedad, inseguridad y sentimientos de vacío.
- 3. Baja autoestima y autovaloración limitada. Cuando alguien no reconoce su propio valor o tiene una autoestima frágil, es más fácil justificar el maltrato, minimizar las faltas del otro o creer que “no merece algo mejor”. El exceso de entrega en la relación muchas veces busca compensar la sensación de insuficiencia, esperando que el otro corresponda lo que la persona siente que no puede darse a sí misma.
- 4. Influencias culturales y sociales. En muchos contextos culturales persiste la idea de que “una relación debe mantenerse a toda costa”, “el amor verdadero todo lo soporta” o “la independencia emocional es egoísmo”. Esto refuerza la permanencia en relaciones dañinas, especialmente en sociedades donde la presión por casarse o mantener pareja es fuerte, o donde se normalizan dinámicas de control y maltrato
- 5. Esperanza de cambio y idealización de la pareja. El enamoramiento puede crear una ilusión de que la pareja “cambiará” o que la relación algún día será como uno sueña. Esta esperanza se alimenta de patrones intermitentes de afecto: momentos de atención, cariño o gestos de disculpa que refuerzan la expectativa de que “si soy suficiente, él o ella cambiará”. Esto mantiene a la persona atrapada, prolongando el sufrimiento mientras ignora señales claras de daño.
La posibilidad de no mantener vínculos que suelo llamar sufrientes, tiene que ver con algo más allá de «echaleganismo» o de «voluntarismo». No, tiene que ver con mirar de frente esas historias del pasado, a esa primera relación con la que convivimos que es la de nuestros padres (ausentes o no, juntos o no) confrontar los conceptos que aún puedan estar dentro y que, por ende, no se hayan actualizado y naveguen más con cara de fantasía o imaginación, más que llenos de realidad.
Por supuesto, también es que las personas deseen, al menos, incipientemente, saber si hay la posibilidad de querer encontrar otra forma de relacionarse que no sea a través del desprecio, la falta de dignidad, el desgaste emocional y la pérdida de amor propio.
Y no hay que desanimarse, porque muchos más de los que nos imaginamos, mantuvieron al menos una vez en su vida, un vínculo amoroso desastroso emocionalmente. El asunto es que entendamos que Sí SE PUEDE ENCONTRAR OTRO TIPO DE RELACIONES, y que EL AMOR NO ES SUFRIMIENTO.
Aquí te dejo 5 acciones prácticas que pueden ayudar a una persona a tomar conciencia de por qué permanece en una relación sufriente y motivarse a salir de ella:
- 1. Escribir la historia sin idealizar. Poner en un cuaderno cómo empezó la relación, cuándo comenzaron los maltratos, qué cosas se han repetido y qué se ha perdido en el camino. Al verlo en papel, la narrativa se vuelve más clara y se caen muchas fantasías.
- 2. Observar cómo se siente el cuerpo. Preguntarse: ¿qué siento en mi cuerpo cuando estoy con esta persona? (tensión, miedo, alivio, calma). El cuerpo suele revelar la verdad que la mente quiere ocultar.
- 3. Comparar lo que doy con lo que recibo. Hacer una lista de los gestos de cuidado, respeto y apoyo que uno da y los que recibe. Si la balanza está muy inclinada, es un llamado de atención: no hay reciprocidad.
- 4. Imaginar una relación distinta. Preguntarse: ¿cómo sería una relación en la que me siento respetado/a, libre y valorado/a? Al contrastar ese ideal con lo que se vive, se abre la posibilidad de decir: “sí, merezco más que esto”.
- 5. Buscar un espacio de apoyo seguro. Hablar con un terapeuta y acercarte a un proceso terapéutico, tomar terapia de grupo, y también compartirlo con una persona de tu confianza en tu familia o un amigo que escuche sin juzgar. Escuchar en voz alta lo que ocurre ayuda a ver que no es normal ni sano permanecer en el dolor.
Estas acciones no sacan a alguien de inmediato de la relación, pero plantan la semilla de la conciencia que abre el camino para irse. E irse no sólo te aleja del sufrimiento, también te da la posibilidad de conocerte, de reconocerte y de valorar lo que eres, para que, en consecuencia alguien pueda verlo.
Soy Pili Quiriz, psicoterapeuta especializada en acompañamiento emocional en relaciones complicadas. Si estás atrapado en un vínculo que te duele y no sabes cómo avanzar, puedo acompañarte a tomar decisiones con seguridad y conciencia.