¿Me atrevo, no me atrevo?
Yo soy de las que se corta antes para evitar que otro lo haga por mí… Será por las historias de vida que aún me acompañan y que traen esas enseñanzas de lo permitido y lo que no… Hoy es uno de esos dias en los que hay pelea entre el debo ser y el quiero serlo… ¡Vamos!, me digo, ¿qué se pierde si hablas de…?
LA FAMILIA
En realidad no pasa nada, pero sí me limito porque los valores con los que crecí, me empujan a considerarme una mala persona al decir que el concepto con el que solemos describir lo que debería ser una familia, está sobrevalorado.
Esta percepción, por supuesto que deviene de mis experiencias en los últimos meses, de los temas que han traído los pacientes a la consulta, de lo que he leído en los libros, y de lo que he podido constatar con lo que observo y escucho cada día. Y no quiero entrar en un debate infructuoso, porque aquí resuena el dicho de que «cada cabeza es un mundo», sólo es un permiso autoconcedido de escribir sobre algo que me ha rondado, que necesito poner en algún lado., y que, quizá, también resuene en alguien más.
En un país como México, nos acompañan valores muy particulares sobre los abuelos, los padres; y en definitiva, sobre la familia nuclear, aquella de la cual aprendemos los aspectos básicos de la vida. En ella se dibujan las fantasías, las idealizaciones, los mitos; y me atrevo a decirlo: las mentiras más viles, las hipocrecías mas vergonzosas, así como las envidias más dolorosas.
Yo digo en terapia que hay asuntos de los que es políticamente incorrecto hablar, porque trastoca lo que hemos «cuidado» durante siglos, y digo bien, siglos en los que se ha ocultado lo que, desde mi perspectiva, en realidad sucede al interior de «las familias», que afecta, lastima y hiere a las personas que las conforman, y que aún con esto, nos siguen enseñando que lo mejor es estar todos seguir juntos.
Y es precisamente ese máximo cuidado al concepto familia, lo que produce vidas muy frustradas, tristes, alejadas enormemente de su felicidad y (mi talón de Aquiles favorito) llenas de culpa que pesa en cada paso.
He leído que las personas somos seres sociales, que buscamos pertenecer a un grupo y que, en lo que respecta a la familia de origen, debemos mantenernos albergando sentimientos de unión, lealtad, apoyo, solidaridad, afecto y aceptación; por sobre todo y sobre todos, incluidos los que integran a esa misma familia… Si te quieres salir, te metemos a madrazos…
Porque si buscas una felicidad distinta a la que se valora al interior de ese grupo, viene la culpa, la moral, o vayan ustedes a saber qué poderoso monstruo, a decirnos que estás haciendo daño, que lastimas, que haces sentir mal, que eres mal hijo y que te va a ir muy mal por hacer que tu familia sufra...
Y entonces nos detenemos, nos escondemos, dejamos de luchar por lo que está pugnando por salir de nuestra autenticidad, esa rebeldía que sólo busca que nos revelemos ante los demás. Sí, con v chica.
Cuando la gente deja de luchar por y para sí misma, es cuando veo a un hombre en sus 50, al frente del negocio que su padre le dió para que se mantuviera, después de «fracasar» como profesor, labor a la que se dedicó por varios años, «cumpliendo» con lo que se esperaba de él porque un día ese padre le dijo que los dibujos que él hacía no eran cosa seria y no iba a sacar nada de provecho si continuaba con la idea de volverse un artista. Le hizo caso y su vida ha sido una balsa gris, agrietada, triste, llena de resentimiento, pero consagrada a buscar que ese padre lo mire y reconozca su talento y le dé permiso de ir por sus sueños… Por supuesto, cuidando de este padre, viviendo cerca de su casa, y conteniendo el dolor con disfraz de enojo, cada vez que le dice que no será el hijo que él espera que sea… Demasiado tarde.
Y es así que nos sentimos obligados a quedarnos en estas familias, porque lo que da fuerza es la familia, lo mejor es la familia, no eres nada sin tu familia; y nos amarramos, literalmente, a estar en lugares, momentos y experiencias, en las que no queremos estar, sin embargo, ese elemento que nos mantiene en situaciones complejas emocionalmnte (porque, sin duda, hay o hubo afecto en algún momento) con nuestras familias de origen, son una serie de valores que, sin una revisión exhaustiva de éstos, es muy factible que sigamos usando aquellos con los que crecimos. Algunos como mantener a la familia unida, hacer todo por la familia, o la familia es primero, y que (si no los analizamos, actualizamos y transformamos) podemos estar defendiendo con nuestra propia vida, que esa familia se imponga a nuestras elecciones, decisiones, gustos, pasiones, sueños y planes.
Es por ello que coloco la idea de que la familia está sobrevalorada, porque supone (aún) que ella va primero que tú, que hay que sacrificarse por ella, que hay que verla aunque tú no te veas, y que si ella está bien, tú lo estarás. No siempre es así… Mientras escribo esto, escucho una parte de la canción No pintamos nada, de Mecano, y dice: «esfuérzate si quieres salir de aquí, esfuérzate si quieres sobrevivir»… Vaya coincidencia…
Hace tiempo vi en Instagram el reel de una chica argentina que llevaba un año sin mantener ninguna comunicación con su mamá, y contaba un poco el por qué se había alejado y cómo se sentía al respecto. En realidad su madre no la golpeó físicamente, le dió escuela y una casa; sí, sólo que esa misma mamá no le había reconocido su valía como persona, la invisibilizó de su afecto, le exigió ser perfecta y la convenció de que era tonta y no iba a lograr casi nada. Intentó decirse que había que comprenderla, que no le había tocado una vida fácil y que su «deber» como hija era aceptar y comprender a esa madre. Continuó esa pauta que le marcaba la culpa, hasta que un día tuvo que decidir si quería ese vínculo que le hacía sufrir pues esa mamá no había cambiado (y no tenía que hacerlo) en nada, y así se iba a quedar, o se alejaba de ella. Ya saben lo que decidió.
Lo que más me llamó la atención de esta publicación, fueron los comentarios que, en un gran número, le reclamaban que al menos ella había tenido madre, que así le pagaba, que era injusto cómo la trataba, que así le iba a ir en la vida, y que, cuando ella tuviera hijas, así mismo le pagarían.
¿Por qué alguien no puede decidir alejarse de una persona cuyo vínculo es lastimoso? Considero que uno como adulto puede tomar esa opción si es que lo considera lo más apropiado, a pesar de la voz en alto volumen que ejerce la culpa y los mandamientos sociales, culturales y religiosos, que imponen a las personas mantenerse cercanos con quien no lo desean…, aunque se trate de los padres.
Se parte de la idea de que les debemos la vida y nos debemos a ellos. No es cierto, desde mi perspectiva. Lo que me parece más justo es que cada uno se haga cargo de si mismo y de sus necesidades afectivas. ¿A qué me refiero? A que siendo adultos, hay que aprender a darse eso que no obtuvo de los padres cuando fue niño. A mí me resuena un montón el reconocimiento, y he necesitado unos buenos años de terapia para identificar qué integra ese reconocimiento, podérmelo otorgar, y (otra tarea del adulto) resonar en aquellas personas en donde pueda encontrarme siendo reconocida, pero allá, en los padres originales (vivos o muertos) ya no seguir haciendo esa búsqueda infructuosa.
Y si ese vínculo con los padres físicos, originales, y como dije, vivos o muertos, no debe ser obligatorio. ¡Zaz!, lo dije. Así es, yo he visto -y me he visto- en un vínculo no respetuoso, grosero, violento, tenso, hiriente (de ambos lados) y que me ha orillado a dejar de lado lo que yo siento por darle valor a ese concepto de buena hija, me he hecho a un lado porque, -«aunque no te escuche, tú escucha». Y porque es cansada esa batalla.
Me rindo.
La libertad personal tiene un precio alto y me invito a pensar que, siendo adultos, nuestros vínculos no tienen que ser sufrientes, aunque provengan de la consanguineidad. Quitarle poder a la culpa que nos deja chiquitos emocionalmente, tomar la vida con responsabilidad y confíar en que las familias de origen también lo podrán hacer.
Porque alejarse también es una acción de autocuidado que, ya de por sí, «ataca» a la culpa y no le permite seguir avanzando, aunque tampoco la mantiene a una sana distancia, sin embargo, obliga a las dos partes a mantener una tregua desde donde nadie se mete con nadie, ni tampoco genera problemas. No sé si es una «buena» o «mala» solución, pero sí marca un lugar desde el cual me mantengo a salvo, y no me expongo innecesariamente a que mis historias todavía lastimosas, se activen constantemente.
Formar conceptos de familia más adecuados a la realidad que vivimos, a los valores que reconocemos nuestros, y a tratarnos como adultos entre todos, me parece, sin duda, un territorio poquísimamente explorado, y que arrojaría eventos, acciones y afectos, mucho más auténticos, duraderos y a prueba del tiempo.
Quizá vendría bien cuál es la familia que está en nuestra cabeza y nuestro corazón, sopesarla con la que en la realidad tenemos, y desde ahí generar un concepto con el cual no nos hiramos, no nos perjudiquemos, y no impacte en los sueños de adulto que, siempre lo diré, hay un chance de volverlos a hacer realidad.
Deféndamos nuestra postura ante la vida que deseamos, y abandonemos, por fin, esa casa materna o paterna de la cual, muchos de nosotros, simbólicamente aún no salimos…
Por eso me digo y repito desde entonces: «para poder crecer, hay que irse».