Desde que entré en la adolescencia, ya no me llevé bien con mi padre. Incluso, un poco antes de llegar a ella, sobre todo, porque recuerdo un regaño de su parte, y de la mía espetarle tajantemente: «Yo sólo te quiero porque me das cosas», y sí, en cierto sentido, ese era la forma de amor que mi padre nos procuró: que no nos faltara lo básico materialmente hablando.
Ahora, a mis más de 50 años, no acierto a identificar si mis sentimientos hacia él son amor y odio, o una mezcla de culpa, resentimiento, lástima y miedo.
La relación con mi padre ha sido y es díficil, muchos dicen, porque somos iguales. Yo me defiendo y digo que no, pero en la honestidad oculta, los dos carecimos de lo más elemental: la mirada de nuestro padre, una que nos dieran en los primeros años y que nos hiciera saber que éramos significativos y valiosos, pero no, yo sigo arrastrando la vida buscando ese reconocimiento, y él, pienso, prefirió proyectarse en uno de mis hermanos, y ver a su padre en él, uno bueno, generoso, apoyador, escuchador… En fin, una buscando a cómo de lugar al padre, y el otro, poniéndole ese título a quién no lo es, pero lo representa.
Quienes fuimos hijas, formamos una idea del hombre con el primero de nuestra vida: nuestro padre, y su tarea simbólica es regalarnos un concepto de nosotras como hijas, en donde el valor, la relevancia de nuestro ser, una idea de la belleza y seguridad (entre otros) se convierten en la armadura que nos construye como mujeres. En una gran mayoría de mujeres, no sucede así, y eso da como resultado el ir buscando aquí y allá, equivocadamente,lo que no se cumplió en la infancia de cada una de nosotras.
Es una tarea compleja, porque, desde lo que me ha tocado ver como psicoterapeuta, la «búsqueda» nos atrapa en una iusión sin tiempo, que nos lleva de regreso a los primeros años de vida, aunque cronológicamente tengamos más de 18, y nos perdemos, o diría coloquialmente, nos emperramos en encontrarnos con esa figura que nos abrace y nos diga al oído:
«Mi niña, perdóname, no sabía cómo darte la seguridad y el apoyo que tú necesitabas para crecer sabiéndote bella y confiada en tu brillo, tu inteligencia y tu capacidad. Hoy puedo mirarte y mostrar mi orgullo por ti y por lo que eres. Hoy mi mirada te devuelve el reconocimiento que te es tan importante. No busques más, aquí lo tienes».
… Pero no, ese padre no cumplió y hay que aprender a vivir el duelo de su pérdida. Capturar todo el sufrimiento por la labor no cumplida, y emprender lo que suelo llamar tarea de vida, empezando porque caiga en el cuerpo la idea de la pérdida y de que ese padre no lo tuvimos, no lo tenemos y no lo tendremos, y cuando digo que caiga en el cuerpo, es sentir… Sentir que hemos perdido la batalla, una larga y profunda, que perderla significa bajar las armas de los hombros y la espalda, y darnos cuenta que nos duelen porque las hemos llevado mucho tiempo, que las piernas flaquean y nos hace caer al suelo de rodillas; es ahí, con la cabeza gacha que nos viene el dolor en el resto del cuerpo y nos aprieta el pecho y se nos encoge la garganta… Lloramos, lloramos por lo que peleamos toda la vida y no lo conseguimos…
Perder, significa dejar de cargar, sentir el vacío y la enorme tristeza porque nos hemos quedado huérfanas de padre… ideal.
Una vez depuestas las armas, habrá que regresar al territorio que hemos dejado, el de la realidad, y ahí decidir qué queremos (no que debemos o que se tiene que hacer) en relación a nuestro padre físico (esté vivo o muerto). En mi caso, mi batalla perdida, la que me hizo bajar las armas, fue la de darme cuenta que mi padre fue ese que me dió lo material únicamente, y que su valor por el trabajo y la responsabilidad, fueron transmitidos correctamente, y se lo agradezco, pero me alejo del padre con el que no me puedo comunicar aunque haga un esfuerzo, con el que me pelearé todo el tiempo sino me alejo y pongo distancia, porque cuando lo veo, surge constantemente el entramado del conflicto medular. Esa es mi solución, es la que he encontrado, y no se trata de saber si está bien o mal, sino sólo saber que nuestra relación está mejor desde lo lejos… Aún tengo mucho qué hacer con la culpa y el miedo al castigo, pero tengo claro que mi batalla se ha perdido, y sí lo creo, está bien que así sea.