Paso a paso

Los cambios no son rápidos ni fáciles, si se quiere realmente vivir una diferencia.

El asunto es que un día nos damos cuenta de que una situación nos tiene ya hasta la coronilla y nos la queremos quitar de inmediato como cuando nos toma la lluvia por sorpresa y llegamos a casa a cambiarnos de ropa para sentirnos otra vez calientitos y cómodos. Con las personas no pasa lo mismo.

Al vincularnos con otros, damos y recibimos, nos contactamos; y en ello puede que sintamos que damos de más o de menos a diferencia de lo que recibimos, o bien, que en ese contacto no nos sentimos cómodos, o a lo mejor, hasta molestos o lastimados. Y ahí vienen los problemas.

Generalmente cuando uno está harto de una situación es porque ya ha transcurrido tiempo y es cuando uno pide ayuda, sin embargo, no siempre estamos dispuestos a pagar un precio por la solución.

Estamos a veces tan acostumbrados a esa conducta, actitud, idea, emoción o pensamiento, que sólo de pensar en modificarla, mejor nos damos la vuelta. Creemos que no será posible hacer un cambio porque en realidad nos da miedo que alguien se aleje, expresar nuestras emociones y que haya consecuencias; tomar una decisión y que a alguien no le guste o no le convenga (claro está que a nosotros sí), y la que casi nadie queremos reconocer: CAMBIAR SIN CAMBIAR.

El cambio aunque es visto como una oportunidad para hacer una vida de calidad en todos los ámbitos, lleva tiempo, dinero y esfuerzo- dirían por ahí- y como representa hacernos responsables de nuestros actos y sus consecuencias, decimos que sí lo queremos pero no deseamos ni sufrir, ni que nos tome tiempo, ni tomar acciones; y mucho menos invertir en uno mismo para que se lleven a cabo.

¿Ejemplos?

Quien tiene sobrepeso y se queja de esos kilos de más pero a la hora que se entera que debe ir al nutriólogo para que aprenda a comer, al psicólogo para que revise las causas emocionales de su gordura, al gimnasio para que su cuerpo elimine la grasa que está demás, prefiere seguir yendo a comprar talla 44 y comiendo helado por la frustración.

Quien está con una pareja con la que no es feliz ni plena. Se pelean, discuten sin llegar a acuerdos, no se hablan, hay violencia… Al entrar a terapia se da cuenta que los vacíos que tiene no los va a llenar la pareja, que ésta es un espejo de lo que no quiere reconocer o que no le gusta, que se puede aprender de tolerancia, de respeto y de acuerdos con la otra persona pero eso, HAY QUE APRENDER, y entonces mejor no. Mejor me sigo peleando, total, ya estoy acostumbrad@ a ello.

Quien quiere cambiar de carrera o trabajo porque no le satisface, porque no es lo que busca en la vida, porque quiere un cambio. Cuando se entera que hay que echarse un clavado al interior de su persona para encontrar su verdadera pasión, que hay que tomar iniciativas como pulir un CV, atreverse a hablar a alguna empresa o persona con la que se quiera trabajar, quizá ganar menos o trasladarse más lejos, cuando hay que responsabilizarse por ahorrar y por conocer sus habilidades y capacidades; da miedo; entonces, “prefiere” ese trabajo o esa carrera en la que lleva tiempo o en la que se paga “bien” y olvidarse de sueños guajiros.

El cambio, sin duda, es compañero de la responsabilidad, de disciplina y de compromiso CON UNO MISM@. Es el elemento que necesitamos para constatar que sí se puede y que solamente DEPENDE DE UN@ para llevarlo a cabo.

Pero…

Es paso a paso.

Como construir una casa con nuestras propias manos. Porque es eso: AUTOCONSTRUIRNOS.

Darnos cuenta de que al buscar ayuda profesional es un paso que muchos ningunean o consideran que, por el contrario, lo coloca en el lugar de los débiles o los cobardes porque “no pudo sol@”, y es, por mucho, el paso de los más valientes e inteligentes porque se permite la posibilidad de hacer una vida distinta.

Con calma.

Un paso a la vez y así, se verá una casa fantástica donde habitar y estar a gusto en ella…

Qué mejor construcción que la de nuestra casa: NOSOTROS MISM@S.

 

Creer en mí

Uno de los elementos que más nos hace falta a las personas y que constituye la base de una vida plena, es creer en nuestras capacidades y habilidades.

Ya sea que hayamos tenido unos papás que nos machacaban con sus “eres un inútil”, “no vas a poder”, “¿así o más tonto?”, “el mismo tarado de siempre…”, no podemos, ya siendo adultos, seguirnos haciendo lo mismo que nos hicieron.

Hay un concepto que se llama autoprofecía cumplida,  que es, a final de cuentas, eso que tanto escuchamos cuando niños, y que no queríamos ser o hacer, lo vemos algún día reflejado en nuestra vida. ¡Zaz!, como si los deseos de las hadas de La Bella Durmiente se hubieran cumplido, pero solo aquéllos con los que no estábamos de acuerdo.

Creer que somos tontos como nos fue planteado, nos hará actuar como tales. Será una forma en la que, a nuestro pesar, le daremos la razón a esas personas que nos lo dijeron.

Por ello, no entendemos porque si íbamos tan bien en ese trabajo, un día cometimos un error y nos corrieron. O si ya habíamos logrado una relación de pareja, ¿cuándo todo se vino a pique y terminamos?… O el negocio que habíamos planeado con tanto amor y corazón, no dio resultado…

Terminamos, no sólo creyendo que somos ese tonto e incapaz, sino que además, lo actuamos en nuestra vida diaria. Aunado a que la diferencia mata, las familias pueden hacer sentir que si logras algo diferente a ellos (incluyendo a tus antepasados: abuelos, bisabuelos, etc.,) “dejas” de ser leal a esa familia. Entonces te acabo con palabras y te las reitero todo el tiempo para que no te vayas, para que no hagas, para que no logres, porque, precisamente, eso te aleja de nosotros. Te hace diferente y eso no está bien…

Si tú quieres hacer una vida distinta, es vital trabajar en formar tus propias frases, aquéllas que sean lo contrario a las que has tenido en tu mente y en tu corazón durante mucho tiempo. Romper con ello es la encomienda.

Pero, ¿cómo empiezo?

  1. Reconocer de dónde provienen todas esas frases lapidarias destinadas a hacernos sentir menos, incapaces, inútiles, improductivos, estúpidos, jodidos, etc. ¿Dónde lo escuchamos antes?
  2. Identificar que esas voces que nos pullan con sus comentarios destructivos, dañinos, malévolos; se han formado de lo que hemos hecho nuestro (y está en nuestro interior) y que viene de parte de papá y mamá o de quien los haya representado; y a los que hay que detener en el pensamiento y el lugar de las emociones que es nuestro cuerpo: “ALTO. BASTA. YA NO MÁS. AL CONTRARIO, YO SOY HÁBIL. YO SOY CAPAZ. YO PUEDO. YO SALGO ADELANTE A PESAR DE TI…”
  3. Y hay que trabajar en construir nuevas y funcionales frases. Por ejemplo, alguien a quien le han dicho que no puede ser exitoso porque las personas que triunfan son engreídas, egoístas, soberbias y se alejan de su familia; ahora puede decirse: “YO ME PERMITO SER EXITOSO A TRAVÉS DE HACER LO QUE ME APASIONA DESDE EL CORAZÓN. CON ELLO TRASCIENDO A MIS ANTEPASADOS QUIENES ESTÁN CONTENTOS CON QUE YO HAGA UNA VIDA CON CALIDAD EN TODOS SENTIDOS. Y ELLOS Y YO ESTAREMOS FELICES DE LOGRARLO”.
  4. Convertir lo anterior en una tarea diaria. Si de tanto repetir una frase que no era nuestra, nos la creímos, pasará algo similar con las frases que nos hagan crecer, que refuercen lo bueno de nosotros, porque el principio será creer en uno mismo y darle más valor a esto que a lo que opinen los demás, incluyendo a nuestra propia familia.
  5. Pasar a la acción. Después de crear nuestras frases, hay que ayudarnos de ellas para pasarlas a la vida real. Hay que ponerles tamaño, color, sabor… VIDA. Hay que empezar a tratarnos de mejor manera, sin insultos, sin menospreciarnos, comprensivamente, auténticamente, naturalmente…

¿Por qué no empiezas hoy?

 

La importancia de enfermarse

Hasta hace tiempo… Miento: en diciembre del año pasado, me enfermé de una gripa lo bastante fuerte como para ir con dos doctores de los llamados “similares” y terminar con un vecino, doctor de los que conocemos como “los de antes”. En fin, tres semanas después y una buena lana gastada en medicamentos; mi cuerpo comenzó a despertar y a reclamarme porque me tardé para entender lo que venía diciendo con antelación.

¿A qué me refiero?

Las personas somos entes químicos, además de sociales y espirituales. Somos energía y masa, y habitamos un espacio. Todo se mueve, al mismo tiempo, cuando vivimos alguna situación de alerta, de miedo, de enojo, de tristeza o alegría. No podemos separar nuestro cuerpo de nuestra mente ni tampoco limitar lo que nos dicen con nuestras acciones, pensamientos y emociones.

A veces tenemos la idea de poderlo controlar todo o decimos-bastante seguido, por cierto- “no pasa nada”, “sino le hago caso, no me duele”…, ante cualquier molestia o cambio corporal que notamos…. Decía una ginecóloga: “aquí las mujeres vienen porque se ve mal, huele mal o duele”. Y más o menos así funcionamos las personas.

Es así que nuestro cuerpo reacciona, avisa, se pone como defensa, manifiesta, se impone; ante circunstancias emocionales que no hemos podido entender y que muy sabiamente, las traslada a algún órgano o parte de él para que revisemos qué sucede en nuestra vida, no sólo de hoy sino de muchos años atrás, incluso de generaciones pasadas.

En una búsqueda por internet, encontré al menos 10 sitios con información sobre “emociones y enfermedad”, lo cual puede suponer la importancia que cada vez más tiene el vínculo entre lo que nos sucede o nos pasó en algún momento de la vida, y sus manifestaciones en el cuerpo a través de enfermedades o dolencias que suceden con frecuencia, tanta que ya hasta sabemos “cuándo nos vamos a enfermar”.

Lo que nos falta hacer aún es trabajar aún más sobre los mensajes personalizados que nos envían las enfermedades, dolencias, síntomas, accidentes.., porque cada uno es un ser individual y no siempre- como dicen algunos sitios- la garganta nos duele por no decir o la espalda nos molesta porque andamos cargados de un peso extra. Lo que nos quieren decir se debe entender como algo que nos hace falta, o estamos haciendo de más; que nos lastima y no lo hemos conseguido solucionar, lo que nos hicieron y ni siquiera lo tenemos identificado…, infinidad de mensajes que se cifran a través de la sintomatología y por lo que se debe revisar cada caso de forma personal, sin recetas de cocina.

¿Por qué es importante?

Porque estamos inundados de medicamentos que “matan” el mensaje sin siquiera poderlo ver o escuchar, por ello se presentan continuas manifestaciones, a veces con más poder, que nos impiden alcanzar una buena vida en todos sentidos.

Si bien yo no recomiendo dejar de ir al doctor o cancelar los tratamientos alópatas, homeópatas o naturistas; mi rama es revisar las dinámicas familiares, el contexto, la historia de cada persona, para ayudarlas a identificar qué es lo que nos está “diciendo” ese salpullido, esa tos, esa cortadura, esa fractura que no se compone, esa colitis, gastritis, migraña y así una infinidad de elementos que toma el cuerpo para decirnos: “veme…, escúchame…, óyeme…”

Ojalá que más psicólogos profundicemos de manera seria este tema y nos ayudemos, primero a nosotros mismos, y luego a nuestros pacientes a descifrar estos mensajes que potencien la salud de más personas, sin tener que usar más calmantes, desinflamantes, descongestionantes, antibióticos, relajantes musculares, etc.

El próximo 27 de octubre a las 10 de la mañana, ofreceré una charla sobre la relación entre dinámicas familiares, emociones y enfermedades. Se realizará en el Laberinto Cultural SantaMA, ubicado en Jaime Torres Bodet 259, Col. Santa María la Ribera, Ciudad de México. Si deseas acompañarnos, confirma al 55 1016 8262. Por cierto, ¡es  gratis!

…Por último: los mensajes que mi gripa decembrina me dejó, fueron:

  1. No quería ver que un ciclo se terminaba porque me daba miedo aceptar lo que vendría.
  2. Era la manera en que yo estaba en contacto conmigo, y lo que me situaba de nuevo en una infancia en la cual mi madre me cuidaba… Lo que decía mi cuerpo era: “ya te puedes cuidar a ti misma y te puedes dar el descanso que necesitas…”
  3. No quería estar en un lugar y esa fue mi manera de decir: “no quiero ir”.

Abramos los sentidos para que más entendimiento, comprensión, responsabilidad, autonomía, límites, capacidad, acción y compromiso; entren en el cuerpo antes que más medicina lo haga y calle lo que nos quiere decir.

 

Vivir de la ansiedad

Cuando tomamos responsabilidades tales como: adquirir una casa, comprar un auto, pagarnos una carrera universitaria, pedir un préstamo bancario, viajar solos, tener un hijo, casarnos…, la vida puede tornarse como un gran ogro que nos quiere comer.

La palabra ansiedad viene del latín anxietas, anxietatis, derivado del adjetivo latino anxius (angustiado, ansioso). Este adjetivo se relaciona con el verbo angere (estrechar, oprimir), de cuya raíz también nos vienen otras palabras de origen latino como ansia, angina, angosto, angustia y congoja.

Por ello, la adultez puede representar una entrada estrecha en la que nos dan la bienvenida a un lugar con un sinfín de obligaciones y responsabilidades. A muchos nos abruma la idea de que se acabe el trabajo, que haya menos clientes, que venga una crisis económica y se devalúe el peso; que nos corran del lugar donde hemos estado los últimos 10 años; que el hijo crezca y se inicie en las drogas; que nos enfermemos de algo que no  podamos cubrir, que nos asalten afuera del banco; que se muera nuestra pareja, que nos hagamos viejos y que no haya nadie que nos cuide…, y así una inmensa lista de ideas que se insertan en nuestra mente y que no nos dejan dormir en paz.

Precisamente, la mente juega un papel muy importante en el marco de la ansiedad porque se instala sobre una base de fantasías y pensamientos catastróficos que -muchas veces- no suceden ni sucederán pero que, al “anticiparlos” sólo provocamos descontrol y caos mental que nos lleva a correr sin forma ni fondo. Es decir, usamos de alguna manera el pensamiento para desviarnos de las acciones que necesitamos hacer para, por ejemplo, no perder el empleo o pasar ese examen.

Si nos anticipamos a algo que aún no sucede, nos desconcentramos de lo que en realidad tendríamos que hacer.  ¿Por qué hacemos esto? Para solicitar ayuda sin pedirla de manera directa, para impedirnos un camino de éxito y prosperidad, para que nos acompañen o lo hagan por nosotros, para victimizarnos y así justificar que no logremos alguna meta, “hacer” que los hijos se queden o permanezcan con nosotros, para no irnos, para no movernos…

La ansiedad incluso puede manifestarse en nuestro cuerpo para darnos un aviso de estar malgastando nuestra energía en un sinsentido. Un mensaje de “ponte a hacer lo que necesitas para lograr lo que en realidad deseas”. Sin embargo, los adultos comúnmente nos llenamos de ansiedad por tantas obligaciones, de las cuales, al enlistarlas del 1 al 10, podríamos estratégicamente ocupar tiempo, esfuerzo y hasta dinero, en realizarlas una por una, hasta llegar a un vida más equilibrada, con más orden y por ende, más plena.Sigue leyendo “Vivir de la ansiedad”

Deja de hacerte la víctima

¿Alguien se acuerda de Libertad Lamarque?…

¿O Blanca Estela Pavón?…

Bueno, valgan ambos ejemplos (aunque algunos de ustedes no se acuerden de ellas) ya que estas actrices de los años cuarenta, representaron un papel que en la actualidad, aún sigue generando buenos dividendos: el de la víctima.

La víctima nunca tiene la culpa.

La víctima siempre sufre.

La víctima aguanta porque ama profundamente.

La víctima siempre es considerada por todos.

La víctima es un ser al que hay que cuidar más, apoyarle más…

¿Les hace sentido?

¡Claro!, muchos de nosotros vamos diciendo con palabras o con nuestras acciones, que no podemos, que el jefe nos envidia, que tenemos mala suerte, que nadie nos quiere ayudar, que es mejor quedarnos con ese hombre con el que nos casamos porque, ni modo de dejar a los hijos sin padre; que el otro tiene ese auto porque, de seguro, roba…

Y hay quien nos disculpa o ya no nos hace caso porque todo el tiempo vamos tocando la canción más triste del mundo con el violín más pequeño del mundo. Los hay también que no se cansan de ayudarnos pero ese es otro tema…

A la víctima le conviene serlo porque obtiene ganancias de ello. Por ejemplo, el jefe y los compañeros abusan de él, le dejan los peores trabajos, le piden ir por el café cuando tiene una maestría y está estudiando un doctorado, le piden quedarse hasta las 10 y trabajar los fines de semana y al final, lo corren… ¡Pobre! Hay que correr a ayudarlo. Entonces, la esposa le da dinero, mantiene la casa, los papás le pagan las deudas, los hijos no le dan lata… Consigue un nuevo trabajo y vuelve la misma historia porque se siente cómodo en esa posición…

Una víctima puede serlo todo la vida porque está demasiado en ese papel que moverse de ese sitio es una tarea casi imposible, ya que, además, hay un sistema que permita que lo siga siendo: lo provee, lo consuela, lo consiente, lo disculpa. Muchos nos hemos acomodado muy bien en nuestros papeles como víctima y victimario ya que no queremos darnos cuenta que todos somos ambos.

Cuando una víctima comienza a ver su lado victimario en lo que hace, inicia una ruta en la que el balance entre ambas características le producirán cambios que modificarán muchos ámbitos de su vida, pero eso es un trabajo personal arduo y se requiere tiempo y un compromiso para asumir la responsabilidad y las consecuencias de sus actos.

El necio

Existe una canción de Silvio Rodríguez llamada “El necio”. Lejos de su mensaje un poco más hacia lo político que a lo emocional, me recuerda que las personas nos aferramos más a lo negativo o a lo que no es funcional. Parecería que se nos enseña a ocupar toda nuestra energía para maltratarnos con una relación laboral- ya sea con nuestros jefes o con nuestros compañeros- pésima. O nos la pasamos pensando todo el día sobre por qué nos terminaron, por qué no nos quisieron, por qué se fue con otr@… También se nos puede ir la vida en insistir tener la misma angustia sobre el dinero, así como aguantarnos ese dolor de estómago que lleva tres meses y que empeora cada vez…

La palabra necedad procede del latín nescius (ignorante, carente de conocimiento), para expresar la cualidad y estado del necio. ¿De qué estamos carentes de conocimiento?… Así es: DE NOSOTROS MISMOS.

Cuando aprendemos a diferenciar entre la necedad de hacer algo que nos traerá tranquilidad, libertad, mayor autonomía, madurez…, y aquella que nos impide crecer, independizarnos (económica y emocionalmente) o nos limita para lograr alcanzar nuestras metas; hemos dado un gran paso porque nos hemos decidido a responsabilizarnos y a ocupar tiempo y espacio en nuestro bienestar.

Aferrémonos entonces a ocupar energía para componer nuestra vida: Desde nuestro peso y alimentación para minimizar riesgos de salud o bien, para oxigenar nuestro cuerpo y que se encuentre preparado para todos los trajines a los que nos sumamos todos los días; necear sobre la absoluta necesidad de ahorrar para alcanzar metas económicas y alcanzar libertad financiera.

Exigirnos más de nosotros mismos para tener tiempo con nuestra pareja y aprender que trabajar mucho es a veces, una huidiza decisión para no afrontar lo que pasa en casa. Obligarnos a encarar a nuestros miedos para dejar de ocultarlos atrás de alguna adicción o ponernos como requisito el procurarnos un poquito más cada día, tratarnos mejor y no con tanta peladez que escucho por ahí:  “gord@, fe@, chaparr@, pendej@, inútil, estúpid@…”. Si alguien más lo creyó de nosotros, empecemos a ser necios para trasladarnos a un mejor trato y, por ende, repercuta en la gente con las que nos vinculamos.

Todo se aprende en esta vida, hasta lograr ser más necios para lo bueno, que para lo malo.

Descúbrete, verás los cambios que generas en tu vida.

La tortuga y la liebre

Leí acerca de la metáfora de la carrera entre la liebre y la tortuga.

Para quien no se la sepa, la sintetizo:

La liebre y la tortuga entran a una carrera y en cuanto se escucha el disparo de salida, la primera sale volando hasta quedarse unos cuantos metros antes de la salida, donde decide- pensando que la tortuga NUNCA la va a alcanzar- echarse una siesta antes de cruzar la meta.

Cuando despierta, se da cuenta que la tortuga va cruzando la línea de llegada y ella ya NO PUEDE HACER NADA pues SIEMPRE pensó que no le podría ganar al considerarla LENTA.

Es así que nuestras vidas corren a la velocidad de la LIEBRE o de la TORTUGA, pero no sólo nuestra vida, sino nuestros proyectos, nuestros sueños y nuestros deseos.

Hay personas que corren tras sus sueños como si no hubiera un mañana. No descansan, no duermen, viven estresados, se lamentan si llega el sábado y no hicieron la lista de los 1000 pendientes; y de tanta angustia, terminan frustrados o desesperados al no conseguir inmediatamente sus metas. A ell@s los podríamos llamar “liebres”.

Existen otros individuos que se la toman con calma. Van a su tiempo y no se preocupan por la meta en sí, sino por ir aprendiendo en el camino; con tal de absorber, de modificar, de cambiar de rumbo, porque saben que al final, van a llegar. Son l@s famos@s tortugas.

Hace unos días supe que una ex compañera de estudios, además de ser exitosa (y no hablo solamente de ser solvente con su trabajo) en una actividad que ella determinó, concluyó ya, tres diplomados más que le han ayudado a formarse para dar a sus clientes lo mejor de sí misma, además de aprender más sobre su propia persona. Ella, la que no sobresalía por sus dieces, sabía a dónde quería llegar, lo tenía visualizado y lo empezó poco a poco, sin dormirse como la liebre antes de concluir la carrera, sino que fue haciendo MICROACCIONES que la llevaron a hacer una pequeña acción que la acercara a su meta: desde estudiar unas páginas de un libro, revisar expedientes, hasta llamar a sus antiguos clientes para ofrecerles promociones. TODOS LOS DÍAS AVANZÓ UN PASO. Y como la tortuga, alcanzó la meta.

Así que si quieres ir por lo que deseas, prepárate realmente, tomátelo en serio y responsabilízate de tus acciones cada día y marca la diferencia con una pequeña dosis diaria de avance para que sorprendas a todos (incluid@ tú mism@) cuando llegues a la meta.

¿La felicidad no existe?

Algunas personas hablan de la Psicología de la felicidad, la cual, de acuerdo al sitio http://cienciasdelafelicidad.mx, se trata del estudio científico de las bases del bienestar y de la felicidad, cuyo objetivo es desarrollar la gratitud, el optimismo o el amor; así como de sacar el máximo partido a la vida.

Considero que los individuos buscamos la felicidad aunque no sepamos mucho qué sea.

Hay quien piensa que la felicidad es el estado en el que uno se encuentra cuando logra una meta, cuando se siente sano y contento, cuando pasa un examen de muerte, lo que acontece cuando le proponen matrimonio; cuando se tiene un hijo, cuando se divorcia de un ser repugnante, pero Freud diría también que: “en la búsqueda de la felicidad es necesario acrecentar el trabajo psíquico e intelectual”.

¿Quién nos dicta nuestro concepto de felicidad? Nuestra educación, el contexto en el que nos encontramos y la decisión de adult@ que nos acompaña. No es lo mismo vivir la felicidad del primer amor, a la que nos produce concluir una carrera universitaria o que superemos un cáncer a los 75 años. Es decir, el concepto de felicidad va cambiando con los años, con los encuentros, las vivencias y, otra vez, con lo aprendido y aprehendido de niños.

Sin embargo, y ahí viene el pero de siempre, la felicidad no debería ser la búsqueda de nuestra vida. Considero, a razón de que me avienten unas cuantas piedras, que la vida debería quitarse esas palabras tan lacerantes y complicadas. Sería más sencillo si los “siempre”, los “nunca”, la “felicidad”, el “sé tú mismo”, o el “sé libre”, se quitaran de nuestra programación como seres humanos. Sería más sencillo no encajonar los momentos de la vida por los que pasamos. Si saboreamos un atardecer enmedio de un traspatio donde tendemos la ropa, no tendría que ser menor con hacerlo tirados en el camastro del hotel Bucuti & Tara Beach Resort, en Aruba, uno de los mejores del mundo.

Así, creo, buscaríamos por el placer de hacerlo, sin tener en la mente el que al lograr tal o cual cosa, vamos a “ser los más felices del planeta”. Leí hoy sobre el hijo de una periodista famosa, cuyos rumores de divorcio antes de cumplir un año de casado, llenan los periódicos de espectáculos… Es un caso de que la felicidad son momentos, arranques, parpadeos, instantáneas, que no desmerecen en nada a otros elementos de la vida como la tranquilidad, la espiritualidad, la entereza, la fuerza, el ánimo y la energía.

Y también se vale decir que la tristeza, la desazón, el perderse y dudar, el no saber hacia dónde ir, el equivocarse, etc., son parte de la vida y no hay que evitarla. Forman parte del otro lado de la moneda que también nos provoca, nos mueve, nos prepara para afrontar mejores pruebas de existencia. No hay que temerles ni esconderlos detrás de un “no pasa nada”, “todo está bien”, “yo soy feliz”, porque, de todos modos, van a salir en formas imprevistas y sorprendentes sino les hacemos un lugar en nuestra cotidianidad.

Así que hay que vivir con menos conceptos y con más autenticidad.