Miedo a la muerte

En estos tiempos en los que hay libros que nos vuelven a pedir que los abran, me reencontré con la antología Antropología de la Muerte. En ella se mencionan las razones del miedo a la muerte:

  1. Miedo a morir:

a) Miedo a dejar una tarea inconclusa.

b) Obsesión del dolor físico.

c) Obsesión de la agonía psicológica: soledad, desesperanza, vacío…

2. Miedo al después de la muerte:

a) Angustia de la corrupción corporal, de la carroña…

b) Incertidumbre del más allá: ¿conoceremos ahí más dolor, desigualdad social, tormento…?

c) Celos con respecto a los supervivientes. ¿Nos olvidarán? ¿Cómo repartirán nuestro patrimonio?

d) Obsesión de la nada.

e) Inquietud por los funerales necesarios para alcanzar el estados de ancestralidad.

3. Miedo a los muertos:

a) Miedo a los aparecidos.

b) Miedo a los muertos en vida.

Y hoy, ante un tiempo en el que los temores se han incrementado o se han hecho patentes, queda hablar de nuestros miedos como la oportunidad que nos da la vida para verles a la cara y enfrentarles de manera asertiva, en este caso, con uno de los que más alta demanda tiene ante la crisis por Coronavirus: miedo a la muerte.

Para empezar: ¿Qué idea tenemos de morir? ¿Qué idea tenemos de vivir? ¿Qué forma es la más temida para morir?… ¿Cuál es la forma en la que vivimos?… Pareciera que escribo de dos elementos diferentes y nada más lejos de la realidad. Vida y muerte son parte de lo mismo, sin uno el otro no existiría, y como una gran maestra expresó: “Cómo vivimos, morimos”.

Recientemente he sabido de eventos de enfermedad, accidente y muerte; de personas cercanas o conocidas por mí. Todos ellos me han recordado que forman parte de la vida y que sino los vemos, pugnarán por hacerse presentes.

Uno de estos eventos sucedió hace un par de días cuando mi padre se cayó de una escalera. Él asegura que todo está bien y que no pasa nada. Yo decido ir a verlo a pesar de la cuarentena. Lo observo, le escucho y me alegro. Luego, él, mi hermano y yo, hablamos de los miedos: “¿cuál es tu peor miedo?”… Y aquí les hago saber una verdad que no es tan conocida: detrás de nuestros miedos hay un deseo prohibido, el cual es políticamente incorrecto expresarlo porque nos obliga a ver las “ventajas” de tener ese miedo, lo “bueno” que creemos que nos traerá o lo “positivo” que nos dejará.

Me explico:

Nuestros miedos enmascaran lo que en realidad queremos de los otros o de nosotros mismos pero no nos lo concedemos o no nos damos permiso.

Por ejemplo: miedo a quedarse inválido. ¿Qué estamos pidiendo que no nos damos chance y viene disfrazado de miedo?… Que nos cuiden, que nos carguen, que se hagan cargo de nosotros, que lo hagan por nosotros…. Depender del otro porque sentimos o pensamos que no somos capaces nosotros solos. Como dirían por ahí: “el miedo nos descubre”.

Y cuando pensamos en nuestros miedos, nos escondemos, sacudimos la cabeza o nos distraemos, porque los hemos catalogado de malos, de feos; esperamos que no sucedan porque sí los dejamos entrar, nos permiten saber quién viene detrás de ellos en realidad, es decir, los deseos prohibidos, es decir, aquéllo que esperamos que los demás hagan pero nos da vergüenza o que a nosotros nos da flojera hacer.

Imagínense que su mayor miedo es que su pareja les abandone. Aunque se oiga loco, ¿qué es lo que podría ocultar? Podría ser que sea hacer con su tiempo y dinero, lo que se les pegue la gana. Querer hacer su voluntad sin pedirle a alguien su opinión, decidir sin negociar. En fin, todo aquello que les “impide” manejar su vida sin concederle nada a nadie.

Y la muerte o la posibilidad de ésta ante una situación crítica como la actual, nos despiertan los miedos más recónditos y ya no sabemos qué hacer para huir de ellos. Y es al revés, es ser lo más honestos que podamos con nosotros mismos. Es sincerarnos pues, porque si aprendemos a pedir lo que no pedimos, a expresar lo que necesitamos, a hacer lo que no hacemos, ya no se tienen que ocultar detrás de horrorosos monstruos, como los que salían en la película Monster Inc., que sólo nos espantan en las noches. Claro, nos seguirán llamando para que prendamos la luz y nos sentemos a hablar con ellos.

Un psicólogo me hizo saber que se  tiene miedo a morir porque no se está viviendo y en efecto, a veces se nos van los años haciendo lo que no nos gusta, negándonos expresar algo que hace mucho pensamos; no nos permitimos empezar o terminar, iniciar o concluir, etc. Es decir, sino vivimos (aunque sea poco) una buena vida, estaremos rechazando lo que se nos ha dado para aprovechar nuestra creatividad, recursos personales, fuerza interna, inteligencia, amor propio y capacidades. Y ahí está el mensaje del miedo: “se te está yendo la vida, va a llegar la muerte y te va a agarrar sin haber hecho la vida que necesitas para ser auténtico, verdadero, natural y único”.

Y entonces se los aventamos a los demás en forma de miedo: hazlo por mí, hazte cargo, vete para que empiece mi vida, tú hazlo por mí, no te puedo expresar mi enojo entonces voy a  hacer que te quedes o que lo hagas, tú afróntalo por mí… y un largo etcétera.

¿Qué queda?

Aprovechar esta oportunidad única para tener cinco minutos de reflexión sobre nuestros temores. Luego, atreverse a decir cuál es el deseo que se oculta detrás de esos miedos. ¿Qué lograrías si sucede eso que temes? ¿Qué beneficio estarías alcanzando si se lleva a cabo?

Me uso de ejemplo:

En mi miedo a llegar a ser contagiada e intubada, está el deseo de que todos se preocupen por mí, estén al pendiente de mi salud, me traigan en su mente todos los días y les sea importante… ¿Qué aprendo? A estar pendiente YO de mi salud, traerme en MI mente y DARME la importancia que luego se me olvida darme.

Así que hoy que tienes tiempo de estar en casa, o cuando regreses de trabajar, o cuando ya te vayas a dormir, apunta en una hoja cuál es tu mayor miedo y piensa por un momento que eres libre de escribir que sería lo bueno de ese miedo, qué lograrías, cuál sería la ventaja de ese miedo… Y cuando lo descubras, evita volver a esconderlo porque, quizá por primera vez, alguien puede estar dándose la oportunidad de ocupar su vida para vivir y no de disfrazarla de vida cuando lo que está haciéndose es dejar morir sus habilidades y cualidades.

La vida está de tu lado.

 

 

¿Y los niños ante el Coronavirus?

Por donde veo, leo notas sobre qué hacer ante esta emergencia sanitaria como adultos, pero no observo nada dirigido a los niños.

Ayer escuchaba a alguien estar preocupada porque nota triste a su hijo y se alarmó pensando que podía estar enfermándose. Un paciente me comentó que su hija le preguntó si habían hecho algo malo para estar tanto tiempo encerrados. Y así más ejemplos.

A los niños a veces se les trata como si no vieran, sintieran, escucharan y supieran. Y esta situación no es la excepción, de ahí que sería importante realizar algunas de las siguientes sugerencias:

  1. ¿Has explicado a tu hij@ qué está sucediendo, por qué la cuarentena? Sino lo has hecho, es hora de sentarte un rato con ellos y les digas qué es lo que está sucediendo, los riesgos, las reglas, las oportunidades con esta crisis, lo que está pasando en el mundo… Claro, conciso y de fuentes fiables. Sin alarmismos. Y si hay preguntas, contéstalas si las sabes, sino, sé honest@ y dile que no lo sabes, que lo investigarás, y cumple.
  2. Hora de regresar a ser niñ@. ¿A qué jugabas? ¿Al avión, a las escondidas, al bote pateado, a las muñecas de papel, a la rueda de San Miguel?.. ¿Te suenan de algo estos juegos? Sino los jugaste porque no son de “tu época”, investiga lo que puedes aprender junto con tus hijos al llevarlos a cabo. Si lo fueron, !con más razón! A regresar a la infancia para darle a tu niñ@ interno lo que hace mucho no hace: divertirse.
  3. Habla de emociones. No sólo se los permitas, invítalos a hacerlo. A través de dibujos, de juegos, de títeres para que lo hagan en tercera persona. Con historias que inventen y personajes favoritos. Si expresan lo que sienten, puede ser más fácil para ellos sacar lo que les aqueje y que por miedo o por no querer ver a papá o mamá preocupados o irritados, no lo hacen. Recuerda que los niños sienten que deben hacer felices a los papás, que es un deber para ellos, y eso puede impedir que te digan qué es lo que están vivenciando ahora. Por eso aprovecha recursos como los que te comento líneas arriba.
  4. Dales tiempo para ellos solos. Si los notas meditabundos, reflexivos, silenciosos; dales su espacio. Déjalos estar un rato. No siempre necesitan que mamá y papá estén rondando por ahí cerca. Ya después les puedes preguntar: “Oye, te vi muy pensativo hace un rato. Me gustaría saber si hay algo que te preocupa… ¿No? Ok, ya sabes qué aquí estoy cuando así lo necesites”.
  5. Si son más pequeños. Puedes tú contarles historias sobre alguien que esté con miedo o con tristeza pero en donde salga un personaje que le ayude. Apóyate de cuentos ya conocidos o, mejor aún, los puedes inventar tú mismo. Dibuja, actúa, haz una obra de teatro o hasta con tus manos puedes crear esos personajes. Canta canciones que salgan de tu cabeza en las que des un mensaje de esperanza, de tranquilidad, de calma, de aprendizaje…
  6. Abraza. Tú puedes hacerlo porque, hasta donde la información me llega, no hay impedimento en las familias al interior de la casa, así que abrázales mucho, diles palabras de ternura y suavidad al oído. Y lo mismo aplica para ti. Es más: empieza por ti y luego te sigues con tus niños.
  7. Toma un tiempo para ti. Organiza junto con los que estén en la casa, actividades durante el día y no olvides incluir un tiempo  para ti como mamá o papá. Es importante para que tu nivel de tolerancia y paciencia se regulen. Un tiempo de 15 minutos para bañarte o para dormir  una siesta de 10 minutos. Si eres de l@s que está saliendo a trabajar, por qué no te pones tus audífonos con música de la que más te guste y ese traslado se haga menos tenso… O toma un cuaderno de notas y escribe lo que va pasando en tu día a día. No necesitas compartirlo, el asunto es que puedas vaciar lo que piensas y sientas en algún sitio, además de que lo puedas hacer con los integrantes de tu familia.
  8. Rétalos. A aprender una nueva habilidad como cocinar, tender la cama, lavar su ropa interior, recoger sus juguetes…, y ayúdales a entender la importancia de aprender para conocer recursos de ellos que les serán útiles fuera de casa; y no sólo porque vaya a haber una recompensa. Si quieres premiar, dales un beso o un abrazo.
  9. Sino puedes estar con ellos durante el día y se quedan solos, también puedes llevar a cabo a distancia algunas actividades, tales como que te manden videos de cómo hacer divertido un día aburrido, o qué hagan una obra de teatro con calcetines y que la videograben para mandártela después. Un audio con todas las palabras que se relacionen con la palabra “esperanza”, o “salud”, o las que generen una conexión saludable sobre esta contingencia.
  10. Elabora una memoria de todo esto, a través de fotos o vídeos, mensajes y compártela con tus hijos cuando todo esto termine. ¿Qué aprenden todos de todo eso? Ahí tienes para pasar un buen rato con ellos.

Sobre todo, se trata de permitirte conectar con ellos y con esa parte tuya que también quiere sentirse apoyado, amado, comprendido… Si quizá no la tuviste cuando fuiste niñ@, es ahora una oportunidad de oro para poderlo hacer.

La ansiedad llama a tu puerta

El Coronavirus tiene en jaque al mundo entero.

Desde incredulidad hasta preocupación, y en algunos casos, pánico; nos viene a mostrar lo vulnerables que somos ante sucesos para los que no nos hemos preparado y que, a veces necesitan esta dimensión para ayudarnos a reconocer las habilidades, las características y los recursos personales que no usamos  o no los conocemos, y a los que hay que empezar a tomar en cuenta para salir avantes, no sólo de esta encrucijada, sino de otras más con las que conviviremos a lo largo de nuestra vida.

Desde mi perspectiva, es hora de conectarse con algo que no hemos hecho y necesitamos hacer desde hace tiempo: concluir, resolver, hacer, definir, avanzar, retroceder, observar, finiquitar, iniciar… Esta crisis, cuya etimología quiere decir “separar” o “decidir”, es tomada de forma pesimista más que como algo catastrófico (cuyo origen es voltear hacia abajo) o apocalíptico (del griego, revelación) y ahí está la relevancia del origen de sus nombres:  necesitamos voltear hacia abajo, hacia nuestra autenticidad y naturalidad, la cual se encuentra en la tierra y que nos revela que hay que modificar el rumbo por el cual vamos, es decir, se nos revele el camino a tomar.

Sin embargo, esta explicación a muchos les valdrá un pepinillo porque les empieza a pasar la factura el encierro y la detención de actividades diarias. Algunos pasan por pensamientos obsesivos, ansiedad y molestias físicos; y otros, sienten que están más sensibles, más cansados, comiendo todo el día o con ganas de dormir a todas horas…

Lo anterior, sin ánimo de parecer desconsiderada, es una consecuencia de algo que nunca o casi nunca hemos hecho: estar con nosotros mismos. Y el Coronavirus lo sabe. Tanto que la palabra contagio quiere decir: contacto... ¿Con quién? Sin duda: contigo.

Existen personas que a lo que más le temen es a estar solos, porque ni siquiera nos damos cuenta que no contamos ni con nosotros mismos para acompañarnos. Esto puede explicar por qué la sensación de vacío que nos trajo de golpe este virus.

Antes de entender el mensaje de esta situación, les escribiré sobre qué poder hacer con los síntomas antes mencionados.

Ansiedad: sudor frío, taquicardia, dolor de cabeza, mareo, sensación de vomitar o incluso hacerlo, músculos rígidos, hormigueo, entre otros.

Angustia: sensación de asfixia, miedo a morir, a perder el control o a volverse loco, sofoco, dolor en el pecho, diarrea, sensación de inestabilidad.

En ocasiones solemos hablar de ansiedad y angustia como si fueran la misma cosa, y sí, la diferencia no es notable. Ambas palabras tienen un origen común, que se refiere a estrecho o breve; por esto es que lo importante es lo que se siente y no si se trata de una u otra.

Además, podemos agregar que los pensamientos obsesivos o recurrentes son otro elemento que las potencia o las hace más intensas, pues no podemos separar lo que pensamos con lo que sentimos y, por consecuencia, con lo que hacemos. Pongo un ejemplo:

Pensamiento: “¡se va a acabar el mundo!”

Emoción:  miedo

Conducta: Hacer la limpieza de mi casa de forma maníaca, o comer de más sin “darme cuenta”, gritar por todo o gastarme toda la quincena en dos días.

No sigue un orden específico, es decir, puedo sentir algo, luego pensar algo y actuar dependiendo de ello. O hacer algo que me lleve a un pensamiento o idea y de ahí a una emoción.

Cuando estos pensamientos y emociones no salen, quiero decir, no se expresan de forma directa, clara y contundente; pueden hacernos pasar un muy mal rato, ya que están hechos para eso: para poderlos decir sin cortapisas. Pero…, ¡maldito pero!, nuestra educación, contexto, entorno, sistema familiar y personalidad; nos lo tienen impedido. Y no de ahora, desde hace mucho tiempo. Por eso no nos enojamos, lo que hacemos es explotar, o por eso nos reímos cuando algo nos da miedo; tal como si fuera malo expresar lo que sentimos.

Bien, pues ahí vamos.

Cuando sientas que a tu cuerpo viene el sudor frío, las ganas de vomitar, los pensamientos recurrentes u obsesivos; hazle caso a todo eso. Te voy a decir algo: Si se trata de angustia o ansiedad, lo más que puede pasarte físicamente hablando es perder la conciencia unos segundos, sin embargo, lo que lo hace incontrolable es, precisamente, querer mantener el control. Y aquí entra este virus. Nos hace perder el control de nuestra vida y nos mantiene a raya para, forzosamente, estar con nosotros mismos y con aquellas personas, que podemos amar pero que, al no estar las 24 horas juntos, pueden despertarnos emociones que están ahí pero que, con la cotidianidad, no nos damos cuenta; o que dejamos de ver porque involucra resolver y no, ahora no, mejor después. Ahí está un punto de esta llamada crisis.

Por otro lado, la ansiedad es un llamado del cuerpo para que le hagamos caso a su mensaje, nos está diciendo: “oye, préstame un poco de atención, veme y escúchame”,  pero nosotros hemos pasado de largo, y situaciones como  las que actualmente vivimos, nos lo ponen enfrente.

¿Qué ayuda entonces?

Antes de que venga la ansiedad, pregúntate:

¿Qué estoy haciendo de más en mi vida?

¿Qué estoy haciendo de menos en mi vida?

¿Qué estoy volviendo a hacer que viene esta ansiedad a decírmelo?

¿Qué quisiera hacer distinto pero no me lo permito?

¿Qué quiero seguir ganando con tal de no perder?

 

Esto DEBE ser antes de los síntomas físicos, porque cuando éstos se presentan, lo más sano es dejarlos sentir. Como si tuvieras un muy buen amigo borracho al que quieres mucho pero que te jode en la madrugada para que le hagas un paro. No lo rechaces porque se va a poner loco y va a despertar a todo el vecindario. Entonces, ábrele la puerta y escúchalo un rato, préstale atención. Sólo va a estar un rato y se va a ir para dejarte en paz porque alguien ya le hizo un poco de caso. Sólo que el buen amigo no es otro más que tú que no te haces caso por andar allá afuera viendo quién te quiere y quién te da lo que tú no te has dado… ¡Zaz!

Una alternativa es llamar a tu ansiedad en una hora específica del día… ¡No te rías! No es broma, es una técnica sumamente exitosa porque va a lo que la mente no espera. Es decir, la ansiedad no va a ti, sino que tú vas a ella.

¿Cómo?

Elige una hora del día, sobre todo, para aquéllos que están en su casa sin salir a trabajar. Una hora que no puede cambiar por nada del mundo. ¿Ya la elegiste? Ok, entonces cierra tu ojos y pon en tu cabeza esas sensaciones que trae consigo la ansiedad. Trata durante ese tiempo de sentir la ansiedad, oblígala a venir a ti para que no te ande correteando cuando se le pegue la gana.

Una alternativa más, tanto para la ansiedad como para los pensamientos recurrentes u obsesivos: escríbelos en un cuaderno. Tal como vengan a tu cabeza. Sin cortapisas. Nadie más que tú los va a leer.

¿De qué se trata esto?

De hacerlos salir de nuestra cabeza que es donde hacen la jugarreta principal para luego pasar al cuerpo en forma de ansiedad. La relación mente-mano- escritura, permiten una conexión que genera una sensación de salida, posibilitando con ello una analogía como la de una olla express cuando la válvula permite que el vapor salga para que la tapa no estalle. Es más o menos así como funciona la escritura de los pensamientos.

Finalmente, dormir mucho, estar más cansado que de costumbre o comer de más, es una respuesta corporal ante lo que la mente lee como amenaza. Entonces hay que guardar reservas para lo que venga. Ese es más o menos el mensaje que se asoma.

En ese sentido, lo que estás haciendo es llenarte de comida y no de amor, o te estás tapando la boca para no decir lo que piensas. Por ello es que, si quieres comer menos, empieza a decir más, a abrazarte más, a darte un lugar en tu vida, a escucharte más, a ver más por ti y menos por los demás (recuerda que nadie da lo que no se da). Y haz ejercicio…¡ Que estoy en mi casa!, ajá, ya lo sé, pero no hay pretextos. Lo mismo aplica para el dormir mucho o estar cansado…

Imagina por un momento que el que está cansado es un pequeño o una pequeña. ¿Qué harías? ¿Le regañarías, lo correrías, le pegarías? A lo mejor lo que necesita es un poco de atención, de ternura y apoyo, ¿no?

Ante todo este tema, se vale tener temor pero lo que no se vale es no reconocerlo. Hacerte el o la fuerte lo único que ocasionará es que tu parte débil o vulnerable se presenten de formas sorpresivas, perversas o exageradas.

Lo que está sucediendo en lo macro, sucede en lo micro. Con el virus COVID 19 se ve el caos, la desorganización, el descontrol, porque eso mismo pasa en nuestro mundo, que somos nosotros mismos. Así que recuerda que ninguna respuesta corporal o mental son malas per se. Vienen con un gran mensaje para ti. Ojalá te des la oportunidad de saber cuál es. Y por supuesto, esto no es magia, cuidarte y protegerte sin paranoia de por medio, contribuirá a que lo sigas haciendo aún después de esta contigencia sanitaria, no sólo lávandote las manos y estornudando con el codo hacia  arriba, sino emocionalmente.

Ante cualquier situación con la que sientas no poder, recuerda que hay ayuda profesional en línea para que no tengas que salir de casa y también servicios gratuitos como Locatel.

Recuerda que esto también pasará.♣

Sino creo en mí…

“No vas a poder”

“No lo vas a lograr”

“¿Quién te dijo que será para ti?”

“Es demasiado para ti. No lo conseguirás.”

“¡Uy, esa persona nunca te va a hacer caso!”

¿Se te hacen conocidas estas frases?… ¿Han resonado en algún momento en tu cabeza?

Las personas actuamos de acuerdo a lo que realmente creemos, sobre todo, a lo que creemos de nosotros mismos. Podemos ir por la vida “presumiendo” de autosuficiencia, de seguridad, de valentía y fuerza; sin embargo, si todas estas características no están basadas en la autenticidad y la honestidad, es difícil que se sostengan.

Cuando somos niños, escuchamos y vemos hasta lo que no nos dicen los adultos a nuestro alrededor. Para eso son los sentidos. Alguien puede venir y decirnos: “¡qué inteligente eres!, y sentir que nos están mintiendo. Todas esas sensaciones, emociones, conductas, comportamientos y palabras; van detrás nuestro a lo largo de nuestra vida y es así cómo será nuestra forma de actuar cuando seamos adultos.

Si lo que nos “trajimos” fueron frases lapidarias como las que encabezan este texto, se meterán tan dentro, que de forma automática producirán conductas en detrimento de nuestra persona. Es decir, estos pensamientos se vuelven dogmas que nos hacen lograr o no lo que deseamos.

Por ejemplo, si te la pasabas estudie y estudie; y lo que recibías era: “¿Para qué tanto te esfuerzas? ¡De todos modos eres un burro!”, dicha frase- si no es actualizada- rondará posiblemente a lo largo de tu vida adulta haciendo que hagas lo que hagas, no logres sobresalir o alcanzar un mejor puesto, o estabilidad laboral; o que no seas considerado para otras funciones, entre otras. Es decir, la “fuerza” de dichos dogmas arrastrará todo lo que esté a su paso si no ponemos un alto para modificarlas y colocar en su lugar, a otras que ahora sí nos sirvan para alcanzar una meta, para concluir una tarea o para iniciar un nuevo proyecto.

Todo ello recae en que nuestra autoestima, seguridad y confianza; se verán mermadas, supeditadas a lo que los dogmas les indiquen y éstas no podrán luchar contra aquello que nos viene de mucho tiempo atrás, incluso, que ni siquiera nos fue dicho a nosotros o no nos correspondería, sino que, muchas veces, llegamos a ser representantes de aquellos con los que nuestros padres o las personas que fungieron como tal, tengan asuntos aún por resolver.

¿Cómo modificamos esto? Haciendo una lista de todas aquellas frases- verbalizadas o no- que creamos que nos enseñaron, nos transmitieron o que determinan aún nuestra vida. Ponlas así como lleguen a tu mente y coloca una P si se la atribuyes a tu lado paterno y una M si consideras que viene del lado materno.

Una vez hecho esto, di cada frase en voz alta y deja que resuene en tu interior. ¿Qué se siente? ¿Aún aplica hoy en día en tu vida? ¿Para qué te ha servido? ¿Cómo la modificarías para sentirte mejor contigo mismo? Por ejemplo: si la frase original es: “No eres suficiente para que un hombre se case contigo”, no te sirve. Si la cambias por: “Soy suficiente para mí y eso es lo más importante. Si un hombre ve lo mismo que yo veo en mí, quizá suceda algo entre él y yo. Sino, yo sigo mi vida”… Es decir, que transformes el sentido de la frase, que acomodes y muevas palabras para que la intención sea diferente al que ha “servido” por mucho tiempo. No necesitas que te sigan ofendiendo o lastimando, ya de esto haz tenido suficiente. Ahora se trata de que que haya frases distintas en tu día a día. Todas aquéllas que te hagan sentir y actuar en beneficio de ti mismo.

Creer en uno es una decisión, no un permiso que alguien puede darnos. Cambia el rumbo. Está en tus manos…, o en las de algún profesional que te ayude a ver tus propios recursos, aquéllos con los que un día construyas tu autoestima y tu seguridad; y así empieces a vivir las consecuencias de, ahora sí, creer en ti.

 

El sentido de la Navidad

Llega el periodo del año en el que unos corren hacia ella y otros, ponen pies en polvorosa: La Navidad.

No todas las personas sentimos época como un sinónimo de felicidad. Se agolpan en nuestro interior sensaciones de tristeza, desasosiego, melancolía, angustia y desesperanza… ¡Y no estamos como para festejar algo!

Nos han educado para convivir y responder a etiquetas sociales que, en muchas de las ocasiones, nos imponen una imagen tal como si fuera un uniforme que debemos portar con tal de ser aceptados, llevándonos entre las patas nuestras verdaderas emociones y pensamientos. “Los que importan son los otros”, parece que escuchamos una y otra vez. Y entonces, hay que convivir, comprar, adornar, adquirir, sonreír, felicitar, abrazar…, y lo que en realidad deseamos es estar solos en casa, acostarse en la cama, envolverse en una cobija y dormir. O no contestar el teléfono ni aceptar ninguna reunión porque, al final del año, lo que queremos es estar con nosotros mismos…

Quizá de manera inconsciente, buscamos un tiempo fuera. Un espacio donde estar solamente con nosotros mismos. Muchos no lo saben, pero el año que viene puede generar en la gente angustia y miedo y, en muchas ocasiones, se busca un refugio en el que encerrarse por  unos días para sentir vívidamente esas emociones que ante tanta lucecita y esfera, no es posible expresar.

Como todo lo que hacemos en la vida, si se lleva al extremo, puede ocasionarnos alguna problemática. Es decir, que si este encierro lo hacemos ante cualquier situación complicada en nuestra vida, sin cambiar el rumbo o hacer algo diferente, la herramienta de “estar con uno mismo”, ya no funciona, pues entonces se convierte en una evasión o escape permanente. Es similar a la hibernación de los osos: la realizan para guardar la energía en su cuerpo debido a la falta de alimento por el invierno, sin embargo, pasando éste, la actividad vuelve y ellos se revitalizan pues se guardaron por un tiempo…

Sería importante que las personas nos diéramos chance de un tiempo fuera para reconectarnos, para reestructurar, recapacitar; analizar nuestra situación personal y posibilitar nuevos escenarios de acción. Recuperar energías y hacer un balance de lo hecho, de lo que hace falta por hacer; así como de agradecerse y reconfortarse.

Rechazar lo que sentimos y tomar una actitud grinch, hará que las verdaderas emociones salgan de forma exagerada, perversa o explosiva. En su lugar, puedo considerar darme un par de días sólo para sentir lo que en realidad siento, dándome esa oportunidad y hacer lo posible para que los demás lo respeten.

Sugiero estos puntos:

  1. Si sólo tienes los días feriados de ley, te propongo hacer una lista de canciones que te hagan sentir reconfortado, tranquilo, a gusto contigo; y las descargues en tu celular para que, de regreso del trabajo o al final de tu jornada diaria, puedas escucharla mientras piensas en todo este año: qué ha traído, que has aprendido, qué dejaste de hacer y de qué te darías las gracias… ¿Con el tiempo limitado?… ¿Por qué no pruebas en el transporte público o mientras te bañas?
  2. Si tienes vacaciones, toma uno o dos días para ti. No necesitas las 24 horas. Sólo un par de horas cada día. Toma un cuaderno y escribe lo que venga a ti con respecto a este año. Haz un ejercicio de reflexión en el que pienses qué le dirías a un buen amigo si te preguntara tu opinión sobre el año que comienza su recta final. ¿Qué esperas? ¿Qué dejaste pasar? ¿Qué hubo más: experiencias negativas o positivas?
  3. Intenta manifestar, por ejemplo, a través de una carta dirigida a la familia con la que vivas, cuál es tu situación emocional actual y que necesitas tomarte un tiempo contigo mismo. Diles que es muy importante que te lo concedan para que vuelvas a ser esa persona que ellos conocen. Que te den chance un rato.
  4. ¡Haz maletas y vete! Y no es necesario que te muevas físicamente. No importa que te quedes en tu casa. Viaja a través de la mente y la imaginación. Recuerda que lo importante es sentir que te das ese espacio para estar contigo a pesar de que el resto del mundo se encuentre poniendo el arbolito de Navidad o preparando el ponche.
  5. Recuerda que la Navidad marca el comienzo de las 12 noches más largas del año, hasta el 6 de enero, fecha en la que la luz, el sol, renace para recordarnos que la oscuridad no permanece para siempre. Sino que, invariablemente, termina para dar origen a un nuevo año de crecimiento y renovación de la naturaleza. (https://www.gabinetedepsicologia-mm.com/2015/12/23/el-verdadero-significado-de-la-navidad/)

Así que date un espacio para un nuevo renacimiento aunque los demás te “exijan” cumplir con los intercambios, los brindis y romper la piñata. Regálate un tiempo para ti y deja de odiar la Navidad. Entiende que no todos desean lo mismo que tú.

Por cierto: ¡Feliz Na..cimiento! 

El arte de decir que no

Estás cansad@ porque hoy fue un día pesado en la oficina. Llegas a casa y tu pareja te dice que hagas la cena mientras él/ella dobla la ropa que se lavó ayer. Hacia dentro te dices que no quieres hacerlo en este momento, que lo que quieres es tirarte en el sofá por 10 minutos; pero lo que de tu voz sale es: “Sí, está bien. ¿Qué te preparo?”.

No te llevas bien con tu familia política y el próximo sábado es cumpleaños de tu suegro. Él siempre ha sido grosero contigo y no le caes bien. Van a hacer una comida porque cumple 80 años. No quieres ir, eso es un hecho. Cuando tu pareja te pregunta qué vas a vestir ese día, tú quieres decirle que no piensas ir porque ese señor nunca te ha respetado, pero le respondes que ya te compraste ropa nueva para ese día.

Tu jefe te pide, por tercera vez en esta semana, que te quedes a sacar un trabajo que le pidieron a él. Te dice que tú eres él único que le puede ayudar y que, cuando vengan los aumentos, serás el primero al que se lo dará. Tú sabes que sino hizo este trabajo fue porque todas las tardes después de la comida, se la pasa jugando en su computadora, pero te cae bien y le contestas en tono de broma, antes de ponerte a trabajar a las 8 de la noche, que  entonces quieres ¡el 50% de aumento!

Podríamos enumerar distintas formas en que no podemos decir que NO. ¿Por qué es tan difícil?

Partamos de algo: Por varias generaciones, en México se nos ha educado  que si decimos que NO, somos groseros, mal educados, altaneros, creídos, egoístas, mamones, etc. Y nadie quiere ese lugar porque es mal visto, no considerado, no reconocido de forma positiva; y entonces, ¡no importa!, ya luego yo lo hago…, después veo cómo…, total, ya después yo…, nos ponemos al final porque primero es el otro.

¿Qué hay en el otro? Todo aquello que no vemos y hacemos por nosotros.

Si digo que NO, “me deja de querer, me deja de ver, me deja de reconocer, me deja de considerar, me deja de lado…”. Y no quiero que eso pase. Entonces, ¿qué me cuesta decir que sí?… Te cuesta darte a respetar, que tus necesidades siempre queden por detrás de las de los demás, hacer felices a los otros a tu propia costa, que gastes energía necesaria para ti en algo que quieras hacer por llevarlo a cabo para los otros.

Tenía un maestro que cuando le preguntaban los alumnos si había chance de entregar el trabajo más tarde u otro día, él sólo decía NO y se quedaba callado. Los alumnos se reían, bromeaban con él y le respondían: “¡ay, qué grosero es usted!”, y él sólo contestaba: “No soy grosero, soy asertivo”. Y en efecto, la primera reacción ante un ROTUNDO, CONTUNDENTE Y CLARO NO, es que la persona es todo menos afirmativa y defensora de su derecho.

Decir NO es una parte activa de nuestra autoestima y con ello, de nuestra seguridad como individuos. Si colocas tus deseos, necesidades, ideas, planes; detrás de las de los demás, es posible que tu autoestima sea endeble porque lo que tú consideras de ti mismo no es suficiente y por eso se “tiene” que “validar” con lo que hagan, piensen o digan de ti los otros. Si yo no me siento valiosa para mi misma y acompaño a mi tía Juanita todos los fines de semana para que no esté sola, el resto de mi familia dirá que soy buena, linda, amable; una excelente sobrina y eso “me bastará” para sentir que sí soy valiosa porque el resto  de la gente me lo hace saber. Claro está que cuando ya no quiera ir a la casa de la tía Juanita porque tengo cosas más importante que hacer, dejaré de ser la buena y pasaré a ser la mala del cuento, contando con que lo valiosa  que era se esfumará como por arte de magia.

Lo anterior puede afectarme sobremanera y regresaré tan rápido como pueda a mi anterior conducta porque hay una ganancia que no quiero perder, pero si yo refuerzo mi autoestima, comienzo un trabajo personal para incrementar mi seguridad y mi valor por mi mismo, entonces podré sostener con mayor facilidad mis NO, porque sabré el precio que debo pagar por esas ganancias que obtengo al ser lo que los demás desean. ¿Cómo le hago?

  1. Reajustando los aprendizajes. ¿Cuáles son las ideas que consideras sobre hacer ver tus ideas? ¿Qué piensas de la gente que defiende sus derechos? ¿Qué te enseñaron sobre mostrar tu desacuerdo sobre algo? Si aprendiste cuando eras pequeño que era mal visto decir que querías Coca Cola en lugar de la Manzanita Sol cuando te ofrecían un refresco, entonces ha llegado el momento de separarte de esa persona porque ese pequeño ya es ahora un adulto y este adulto ya puede decir que no.
  2. Observando. Dónde y con quién es más posible que no puedas decir que no. ¿Qué representa esa persona para ti: autoridad, admiración? ¿Qué sientes por esa persona: miedo, tristeza, lástima, envidia…? ¿Y a quién se parece más esa persona: a tu papá o a tu mamá?  Las representaciones juegan un papel crucial porque en muchas ocasiones, le ponemos un disfraz a las personas para continuar haciendo lo mismo que hacíamos cuando éramos pequeños.
  3. Trabajar tu autoestima. Que te veas desde tus ojos de adulto y no de niño. Que te coloques desde un adulto sincero y autónomo, que es capaz de ver lo difícil que la tuvo que pasar ese pequeño para que lo quisieran y lo vieran. Ahora ya no es necesario porque ya te tiene a ti para que le haga saber que es responsable, agradable, dicharachero, entusiasta, preguntón; y que ninguna de esas características es negativa. Simplemente es así y así está bien.
  4. Practicar. Nada puede ser parte de nosotros sino lo practicamos. Por ello, hay que hacer ejercicios para facilitar nuestros NO. Si vas a comer algo a un restaurante y en lugar de traerte la pechuga asada, te la traen empanizada, di NO, yo la pedí asada. Si te dan el café con leche y tú lo querías con crema, di NO. Si tu amiga te pide que le prestes tu vestido favorito, di NO. Si te dejan cuidando a tus sobrinos, di NO…
  5. Revisa. Hay que ver cuáles han sido las ganancias de tus SÍ, para que veas que no has querido perder para seguir ganando de los demás. Si es aprecio, comienza a apreciarte un poco más cada día. Si es un cariño, hazte esos cariños todos los días. Si es que te han reconocido, comienza a hacerlo tú mismo. Nada que no nos demos, nos podrá ser dados, recuérdalo.

 

Amar no es lo mismo que amarse

Hay un libro que hace años fue un best seller, Mujeres que aman demasiado, se llama. En éste, se habla sobre las diversas conductas y manifestaciones que las mujeres llevan a cabo en nombre del amor. Un amor que, sin duda, no es funcional ni saludable, pero lo hemos entendido así, sobretodo, por nuestras carencias no atendidas con las primeras figuras de nuestra vida, que son papá y mamá.

No, no vamos a echarle la culpa a ellos, los que están en sus casas, sus trabajos o el cementerio. No. Se trata de aquello que aprendimos en la observación, en la cotidianidad de nuestra historia de vida, en el día a día; y que, de manera simbólica, esos padres siguen ejerciendo su influencia porque están dentro de nosotros mismos. Y es con ellos que nos formamos nuestra idea de pareja.

En el caso de las mujeres, cómo haya sido nuestra relación con ese padre -aun ausente, por la relevancia de la herencia emocional-, se formará en nuestro interior lo que iremos buscando en las parejas con las que vayamos estableciendo relaciones amorosas. Si no nos reconocieron, no nos dieron un lugar, nos humillaron, nos trataron bien, nos consintieron; nos abandonaron, nos dieron de más o de menos…, todo esos elementos harán una mezcla que, a su vez, formará un “modelo“, que iremos acomodando a los hombres o mujeres con los que nos vinculemos.

¿Qué problema hay con esto?

Que eso que no nos dieron, en lugar de dárnoslo a nosotras mismas, se lo vamos a ir demandando a esas parejas, exigiéndoles como niñas pequeñas que nos vean, que nos escuchen, que nos apoyen o que nos consuelen, porque, precisamente a esa niña que fuiste le hizo falta. No te has dado cuenta que ya ERES una adulta que puede. No. DEBE dárselo, a ella como adulta y a esa niña que lo sigue esperando… Como una maestra me enseñó: “Ser tu propia hija y tu propia madre”, porque sino, se seguirá reproduciendo esa misma historia: No me lo dieron- Ahora yo lo doy para que me lo den-No lo logro y no me lo dan-.

Actualmente, las dinámicas familiares, la sociedad y el contexto han cambiado. Sin embargo, pareciera que el autoestima de las personas (incluyo a hombres y mujeres) está supeditado a lo que el otro piense o sienta de ti. No está formado sobre la generación de tu propia concepción porque sigues “esperando” que el otro te ayude a hacerlo. Y lo poco que te da, con eso te quedas, ya que lo diferente representa un gran esfuerzo, y casi nadie quiere dejar sus ganancias secundarias que obtiene de relaciones lastimosas, enojosas, sin sentido, insalubres, violentas, insatisfactorias. Todo mundo quiere una “bonita relación”, pero pocos, muy pocos, están dispuestos a hacer el trabajo correspondiente para lograrlo… Incluso porque, y si dejan de sufrir, ¿qué va a ser de ellos?

Por ello, no te escondas ante tu autoestima esté como esté. Dale un lugar, hazle un espacio para que pueda verse, escucharse, tocarse; y con ello, si es nulo o poco, empieces a hacer lo que nunca has hecho por ti: comenzar la preparación para un amarte auténtico, real, desde ti y para ti. Nadie lo va a ser por ti, nadie te va a dar lo que no te des. Eso sí, cuando lo logres, tu campo de visión se ampliará e identificarás a más personas como tú y ahí elegirás a una persona más parecida a ti.

Atrévete a estar en una relación saludable, libre, vital, donde puedas ser tú sin vergüenza, sin menosprecio, sin limitaciones.

Ya sabes: nunca es tarde para regresar a la escuela a aprender… Y la vida es una gran escuela…

 

La ansiedad me corretea

Así es.

Tal cual, la ansiedad es una forma desesperada para que nos hagamos caso.

Y es precisamente lo que no deseamos: hacernos caso.

Existe una frase que afirma que las personas queremos cambiar pero al mismo tiempo, deseamos que esto no suceda porque, diría el Príncipe de la canción: “La costumbre es más fuerte que el amor”, y creemos que va a estar muy complicado lograr tener una buena vida o que ahora sí voy a tener la pareja que siempre he deseado; o que deje de pelear con mi esposa o que ya no me enferme siempre de la panza cada vez que mi jefe me hace enojar…

La ansiedad es un llamado que se manifiesta en el cuerpo porque la respuesta ya la sabemos, sólo que huimos de ella cual si escapáramos del peor enemigo… Umhh, imaginemos por un momento: Estoy de novia con un hombre violento. Después de muchos intentos, terminamos y una noche, siento que me ahogo, que no puedo jalar aire y comienzo a sudar frío. Mi corazón palpita a 100 por hora y mis manos ya no responden… Me da miedo y lo peor es que no puedo pedir ayuda porque no me sale nada de voz. Gulp!, sí que estoy en un lío…

Ok. Prosigamos:

Me dejo llevar por las manifestaciones de mi cuerpo… En realidad, lo peor que me puede pasar es que me desvanezca por unos segundos. Sin embargo, me doy cuenta que sólo con este ataque de ansiedad, sentí mi corazón porque casi siempre está ocupado en sentir por los demás. También  noto a mi cuerpo cuando lo siento sudar, ya que lo traigo en chinga sudando por el placer del otro; o que pareciera que mis manos quieren asirse de algo porque yo casi siempre estoy colgada por alguien más…, aunque sea un hombre violento, o una mujer celosa, o lo que sea con lo que yo no esté satisfecho y pleno.

Es decir, la ansiedad es un llamado a verme, a escucharme, a satisfacer mis necesidades, a complementarme, a ir por lo mío, a hacer más por mí que por los demás. A hacerme presente en mi vida sin dejarle al otro mi lugar en MI vida. Es un mensaje de que está contigo todo eso que andas buscando en otra persona: el apapacho, el consuelo, la comprensión, la escucha, ser visto o reconocido. Pero no lo quieres ver, ni escuchar ni sentir.

Aprendimos que si el otro nos hace caso, ¡ya la hicimos!. He visto como adolescentes de 12 años están sumamente preocupadas por su imagen física y esto puede catalogarse como normal porque están entrando en una periodo de transición y necesitan refuerzos por todos lados, sin embargo, sino hay papás que reconozcan que lo importante no es su imagen, y sí su autovalor y su autoestima; estas adolescentes crecerán pensando que  siendo bonitas para los otros, será lo único que valga la pena llevar a cabo.

Hombres y mujeres pueden sufrir por eventos de ansiedad a lo largo de su vida. Quizá por un examen (porque si repruebo, fallo y si fallo, no valgo), por un trabajo (tengo que ser el mejor porque si no estoy al 1000%, no me darán un ascenso y entonces seré un Don Nadie y eso se llama no existir), quizá que si fulano de tal no me pela, eso será sinónimo de que soy fea y nadie quiere a las feas- según yo y mi aprendizaje-.

Si en algún momento de la vida pasas por sensaciones corporales como las que hemos mencionado, puede ser que estés viviendo un momento de ansiedad al que debas hacerle caso desde que comienzas a sentir los primeros síntomas.

Qué tal si pudieras decirte: “Aquí estoy yo contigo, conmigo a tu lado no va a pasarte nada malo. Respira tranquilo que yo no me iré de tu lado”. O si el corazón empieza a palpitar más de prisa y sientes que la respiración se te va: “Bien, tú sabes que ha sido difícil dejar ir a Juanito, pero ahora tú y yo estamos juntas para salir adelante. Yo sí quiero estar contigo y vamos a hacer que este corazón lata normalmente… A la una…, (respiras profundamente)… a las dos…, (otra vez respiras)…, ¡a las tres!”.

No temas a lo que tu cuerpo venga a decirte a través de la ansiedad. Al contrario, dale la bienvenida porque  XXXXXXX (aquí di tu nombre en voz alta) está contigo y quiere que la sientes cerca de ti. Es tu salvaguardia y tu mejor compañía.

Si necesitas ayuda con tus problemas de ansiedad, la terapia psicológica puede ser una alternativa para resolverlos. Recuerda siempre acudir con un profesional en la materia.

Hartos de todo

… Pero no hacemos nada…

Nos lamentamos, nos quejamos, nos llenamos de miedos; pero no hacemos nada diferente para lograr lo que deseamos. Somos los reyes del boicoteo y de quedarnos en el mismo lugar… Quizá porque nos da miedo “perder” la comodidad del sufrimiento. Hacer una buena vida es un reto y muchos no lo queremos, corrijo, pensamos que no lo podemos hacer.

¿Por qué cuesta tanto trabajo el cambio?… Porque lo hemos concebido como un acto de magia más que como un acto cotidiano, un día a día.

Tenemos una mala relación de pareja y pensamos que sólo con decir “lo siento”, no va a volver a suceder y no, no es así. Los problemas de pareja muchas veces tienen que ver con asuntos no resueltos con las primeras figuras con las que convivimos que son nuestros padres. Asuntos no resueltos con esa relación pueden estar impactando en nuestra pareja actual o en la forma en la que nos relacionamos amorosamente. Sino vamos de nuevo a ver en dónde surgió y con quién surgió el problema, dicha situación, patrón o forma, pueden seguirse presentando indefinidamente…

Pero no todos quieren “regresar” el tiempo y volver a vivir lo que en muchos casos escucho esta frase: “ya no vale la pena remover el pasado”, y por dicha razón es que seguimos manejando problemas con características similares a esos eventos en lo que nuestros padres participaron.

De acuerdo. Ya no somos unos niños y debemos actuar como adultos. Sí, siempre y cuando no les debamos nada a esos niños o adolescentes que alguna vez fuimos.  ¿Te has puesto a pensar si ellos aún necesitan lo que no les dieron: un abrazo, una disculpa, una mirada, un respeto, una presencia positiva, tomar de su mano…?

Vamos a un trabajo en el que no avanzamos, no destacamos, no nos pagan lo que necesitamos; y lo peor, no creemos ser suficientes y por ello, nos matamos trabajando para que nos vean y nos reconozcan. Y dejamos de descansar, de comer, de convivir con nuestra familia y hasta nos olvidamos de nuestros gustos y aficiones. Todo por un trabajo mal pagado en el que, a fuerza, queremos seguir perteneciendo. ¿Por qué? Porque posiblemente signifique este trabajo el encuentro sin éxito del reconocimiento que papá o mamá no dieron y que, de eso se trata la terapia, ese niño pueda reclamar a esos padres que anda cargando todos los días y que no lo dejan vivir en paz, para que crezca finalmente el adulto dándose todo aquello que no supieron darle. Sin embargo, una vez más, nos aferráremos a seguirlo pidiendo al jefe, al director, a la compañía…

En mi experiencia personal y profesional, los problemas un día se te presentan de frente para decirte qué es lo que debes hacer para solucionarlos, pero esto implica responsabilidad, disciplina y compromiso con nosotros mismos: nuestras emociones, nuestros recuerdos, nuestros miedos y nuestros recursos para salir adelante. Y ahí radica la diferencia: Habemos personas que sentimos que ya hemos sufrido lo suficiente como para volver a sufrir, pero eso es una creencia errónea. El cambio sí es doloroso porque nos saca de nuestra zona conocida y nos ubica en un terrenos que da miedo, desconfianza e inseguridad. Y precisamente ir hacia este lugar es lo que nos dará, al final, la resolución de nuestros problemas desde su raíz, y no como simples recetas de cocina.

Ir al fondo de los problemas implica un entrenamiento de vida, del día a día, en el que, claro que no siempre hay ganas o firmeza, pero al otro uno se recupera y sigue hasta que alcanza lo que necesita para ser libre, pleno, feliz. Y ahí está la diferencia con el acto de magia que muchos esperan. El cambio es notorio con el tiempo, no en la inmediatez, al menos el cambio profundo y el que vale la pena.

Así que intenta hacer este ejercicio: piensa en un suceso que te haya impactado de niño y trata de recordar lo que sentiste en ese momento… ¿Qué te hubiera ayudado: un abrazo, una palabra dulce, un beso suave, que te defendiera alguien, que alguien te hubiera dicho: “todo va a estar bien”…?¿ No es algo que aún hoy te haga falta en ocasiones donde has sentido lo mismo que ese momento en tu infancia?

Ojalá que puedas darle a ese niño o niña lo que aún hoy demanda.

Muero de amor

Literal.

Las parejas actualmente, sobretodo, las formadas por personas de menos de 30 años, mueren de amor cuando una relación se termina. Deja de tener sentido la existencia y se olvida alimento, trabajo, familia, amigos.

Nos hemos colocado tanto en que vivir en pareja es la regla, que ya no importa quién sea, el asunto es “tener” una. Entonces, no elegimos, nos eligen, y nos ponemos lentes oscuros para no ver a la persona tal cual es, sino, como queremos que sea. El asunto es no “estar solo”. Claro está que cuando pasa el tiempo, se abre el libro completo y llegamos a la parte truculenta, la que ya no nos gusta o nos aburre, nos molesta o nos exaspera.

En ese sentido, hay que decir que la parte que selecciona al individuo con quien nos vamos a relacionar es la parte de la “falta”. Me explico: todos en algún momento de nuestra infancia somos un rompecabezas completo, no nos falta ninguna pieza. Al ir creciendo, adquiriendo experiencias y vivenciando sucesos, vamos “perdiendo” algunas de esas piezas. Algunas o muchas pero al final, no nos damos cuenta que a nuestro rompecabezas de 5000 piezas, ya le hacen falta como 100. ¿Qué hacemos? Vamos viendo quien las tiene. Es como si dijéramos: ¡Ah, ya vi quien me puede prestar las piezas de la valentía, la fuerza, la comprensión, la seguridad; que se me perdieron! Y entonces, nos unimos a quien creemos que tiene todo aquéllo que yo perdí.

Y vamos muy orondos presumiendo: “Miren, les presento a mi fuerza, mi valor, mi seguridad…”. Pero no es así.

Todo eso que vemos en las personas con las que nos relacionamos románticamente, y que al principio sólo alcanzamos a ver “lo bueno”, todo eso es nuestro. Siempre lo hemos tenido pero es más fácil verlo en los otros que en uno mismo.

Cuando yo llego a preguntar quién es la persona más importante en sus vidas, la respuesta es mamá, papá, pareja, hijos; pero nunca responden: YO MISMO. Es como si ponernos en primer lugar de nuestra vida fuera algo malo o negativo. De más está decir que cuando les pregunto quién se abraza diariamente a si mismo, las plantas rodadoras del desierto comienzan a pasar…

Entonces, si para alguien la persona más importante de su vida es el otro, suena lógico que le coloque a ésta todas aquellas características que no ve en sí mismo pero que la fuerza del tiempo y la convivencia harán que se asomen con fuerza para hacerle entender que no es solamente el otro quien las carga.

Cuando se termina una relación, se siente y se piensa que la otra persona se lleva todo y nos deja vacíos. Sí, porque le regalamos lo que, desde un inicio, es nuestro. Y nos aferramos a creer que tiene que regresar para volvérnoslo a dar. Nos angustiamos, nos enojamos, nos desesperamos; no podemos dormir ni comer ni estar en paz. Hay una voz que nos dice: “¡aquí estoy, aquí está todo lo que te hace falta!”, pero nada… Pasamos de largo ante ella porque no hemos reconocido que es nuestra.

Y esa voz se va a empezar a manifestar corporalmente a través de la ansiedad. ¿Por qué? Porque la ansiedad es un llamado a vernos, escucharnos, sentirnos, tocarnos, olernos y hasta saborearnos simbólica y emocionalmente. Sin embargo, a muchos no les importara porque van a seguir buscando en el otro lo que no se han dado a si mismos.

Y he visto la desesperación, la angustia y el enojo porque la otra persona vuelva para colocarnos nuevamente las piezas del rompecabezas y sentirnos “completos”. Una manera muy endeble de procurarnos entonces la fuerza, la seguridad y el valor que no hemos procurado para nuestra vida.

Si continuamos otorgando nuestro ser al otro, nos vamos a quedar sin nada y si nos convertimos en nada, nos invilizáremos de tal forma, que no existiremos para nadie…, ni para nosotros mismos.

Y es curioso, en la canción de Miguel Bosé dice: “Morir de amor es quedarte sin tu luz, es perderte en un momento”. Y quizá llegue alguien a darnos luz pero no será más que esporádico o momentáneo que esa luz nos alumbre porque no habremos entendido nada…

Vaya, quien diría que Miguel Bosé tendría la razón…

Crédito foto:  Ryoji Iwata